You are here: Home > Cosas de viajes > Viajeros, posadas y noches lúgubres (Campo de Criptana, 1890-1913)

Viajeros, posadas y noches lúgubres (Campo de Criptana, 1890-1913)

Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que hacer un viaje era enfrentarse a una aventura que podía deparar cualquier final. Recordemos aquellos tiempos en que no había carreteras, sino polvorientos caminos en verano, y embarrados e intransitables en invierno. Los viajeros estaban expuestos al asalto de ladrones, bandoleros y demás gente de mal vivir. Imaginemos cómo era un viaje en diligencias; por muy cómodas que fuesen, no cumplirían los mínimos requisitos de confort que un viajero de nuestros tiempos exige en cualquiera de sus trayectos.

L'Auberge Rouge (El albergue rojo. Claude Autant-Lara, 1951)

L’Auberge Rouge (El albergue rojo. Claude Autant-Lara, 1951)

A ello se une el estado de los alojamientos de aquellos tiempos, las fondas y las posadas. La queja más amarga de los viajeros del siglo XIX tiene que ver con estos lugares, cuando los había, porque en muchos pueblos no existían. Por ejemplo, la condesa de La Morinière de la Rochecantin se queja en su libro de viajes por España, titulado En Espagne. Du 30 à l’Heure: D’Irun à Algésiras, publicado en París en 1909 (pág. 129) de que en Manzanares, un pueblo de nueve mil habitantes, no había por aquel entonces ni una modesta posada en la que se pudiera tomar una pequeña comida; por fortuna, llevaba unos sándwiches que no fueron suficientes para saciar el hambre producida en tan largo viaje, eso sí, en vehículo a motor.

De las fondas existentes en Campo de Criptana allá por finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX tenemos algunos datos. En el Anuario del comercio del año 1886 (págs. 1025-1026) hallamos referencias de casas de huéspedes y posadas. Como casa de huéspedes se citan las de Manuel Moreno y de Peregrino Pizarro (hermano del médico militar Manuel Pizarro Reíllo). Y se citan las siguientes posadas: la de Cristóbal Alverca (sic), la de Gregoria Molero y la de Leocadio Muñoz. Para 1901 la fuente de información es el Anuario Riera (pág. 913), que cita la fonda de Pedro Molina, y las posadas de Antonio Boluda, Hilario de la Guía, Joaquín Oliver y Jesús Ortiz. La misma situación aparece en el Anuario de 1902. En el de 1903 se dan datos más completos (pág. 1002). La fonda de Pedro Molina aparece con el nombre de “La Murciana”, y las posadas del siguiente modo. “De Bizcochos” (Jesús Ortiz), “Del Peso” (Antonio Boluda), “De la Plaza” (Hilario de la Guía), “Nueva del Peso” (Joaquín Oliver). En el Anuario de 1904, se citan los mismos establecimientos, a excepción de la posada “Nueva del Peso”, que ya no aparece.

Y tenemos también descripciones de algunas de las posadas y fondas criptanenses que nos han dejado ilustres viajeros. De una de ellas nos habla Azorín. Es aquélla en la que se alojó en su mítica Ruta del Quijote, en el año 1905 (véase Viajeros en Campo de Criptana: Azorín en la fonda, 1905, del 19 de julio de 2012), publicada en El Imparcial, año XXXIX, núm. 13.643, del martes 21 de marzo de 1905. Es lo único que nos ha quedado de ella, esta descripción y su recuerdo, porque esta fonda ya no existe. Así era, según Azorín:

La casa es vetusta; tiene un escudo; tiene de piedra las jambas y el dintel de la puerta; tiene rejas pequeñas; tiene un zaguán hondo, empedrado con menuditos cantos. Y cuando se pasa por la puerta del fondo se entra en un patio, á cuyo alrededor corre una galería, sostenida por dóricas columnas. El comedor se abre á la mano diestra. He subido sus escalones; he entrado en una estancia oscura.

Y sobre la habitación que ocupó, al fondo, de la fonda, muy al fondo, también nos dice algo:

La [habitación] de dentro está bien adentro; atravesamos el patizuelo; penetramos por una puertecilla enigmática; torcemos á la derecha; torcemos á la izquierda; recorremos un pasillito angosto; subimos por unos escalones; bajamos por otros. Y al fin ponemos nuestras plantas en una estancia pequeñita, con una cama. Y después en otro cuartito angosto, con el techo que puede tocarse con las manos, con una puerta-vidriera, colocada en un muro de un metro de espesor y una ventana diminuta abierta en otro paredón del mismo ancho.

Algunos años antes, allá por 1890, anduvo por aquí el francés, nacionalizado norteamericano, Augusto Floriano Jaccaci, y también él nos habló de las fondas de Campo de Criptana en su libro titulado On the Trail of Don Quijote, Being a Record of Rambles in the Ancient Province of La Mancha (versión española de Ramón Jaén: El camino de don Quijote. Por tierras de La Mancha, 1915) (véase al respecto: Posadas de Campo de Criptana: El testimonio de Augusto Floriano Jaccaci 1890, del 9 de julio de 2012). He aquí lo que nos dice este autor (págs. 135-137 de la versión española):

El interior de la posada, el porche, el comedor, la cocina o lo que fuera, pues de todo tenía y no era nada, no es posible describirlo. Entramos en él pasando por entre los cuerpos de carreteros, ganaderos, traficantes, tendidos a la larga, durmiendo a pierna suelta. En las paredes, colgando de las estacas, había aparejos, ropas, sombreros, aperos de labranza; en los rincones, sacos con granos, bultos, pellejos de vino, capazos con herramientas, guardado todo por el perro de cada cual, que rezongaba al acercarse alguien. Este interior estaba a media luz. Paredañas a la cocina estaban las cuadras. En una había mulas; en la otra, cerdos. Éstos chillaban de un modo estridente, desaforado; las mulas pateaban de tiempo en tiempo, espantándose las moscas; los gatos, flacos, maullaban lastimeramente.

No todas las experiencias en las fondas han sido, digámoslo así, tan poéticas. La tragedia y la muerte a veces rondan estos lugares. Recordemos, por ejemplo, aquel suceso que tuvo lugar en la madrileña Posada del Dragón. Hubo disparos por medio, y estuvieron a punto de morir aquella extraña pareja formada por la criptanense Emilia Pedroche Jiménez y el vallisoletano Calixto Hernández de la Cal (véase: Criptanenses en Madrid: Una tragedia de amor y crimen, I, del 6 de mayo de 2012, y Criptanenses en Madrid: Una tragedia de amor y crimen, II, del 7 de mayo de 2012). En otra fonda, en este caso en Criptana, murió en 1931 aquel viajante rumano de ortopedia llamado Adolphe (o Abraham) J. Goldenthal (1878-1931). Una peritonitis se lo llevó de este mundo en la fonda de Teodoro Lucas Cuevas, sita en la actual calle de la Reina Cristina (véase sobre él: Historias del cementerio de Campo de Criptana: El misterio de Adolphe J. Goldenthal, 1931, del 18 de marzo de 2012).

Pero hablemos también de otro tipo de sucesos: los suicidios, porque también hubo casos en fondas y posadas criptanenses. Un ejemplo lo encontramos en una noticia publicada en El pueblo manchego, año III, núm. 668, del 29 de marzo de 1913, sección “Notas de los pueblos”, con el título Intento de suicidio:

En la posada llamada de “Bolunda”, en Campo de Criptana, ha sido detenido Francisco Antonez Ladrón, de 58 años de edad, viudo y natural de Maranchón (Guadalajara), ocupándole un revolver con el que días pasados se hizo dos disparos que le produjeron dos heridas en la cabeza. Interrogado ha manifestado que se pretendió quitar la vida por encontrarse sin recursos y sin tener que comer. El Juzgado entiende en el asunto.

Sin duda, “Bolunda” es una errata, por “Boluda”. Es la posada “Del Peso”, propiedad de Antonio Boluda, a la que aluden los diferentes ejemplares del Anuario Riera de 1901 a 1904 a los que he hecho referencia. Se hallaba esta fonda en el lugar que hoy ocupa la Plaza del Conde de las Cabezuelas.

He dicho antes que la tragedia ronda estos lugares. Y a veces se queda en ellos… para siempre. Hoy ya los alojamientos no son como antes; pero ni la luz eléctrica, ni las comodidades pueden atenuar los miedos ancestrales del ser humano. No hay nada más terrorífico para el viajero que recala en un hotel que ponerse a pensar, de repente, y como quien no quiere la cosa, que alguien puede haber muerto en aquel lugar. Y eso no es lo peor; a veces puede saltar a la mente del viajero una pregunta mucho más retorcida: ¿cuántas personas han podido morir en aquella habitación, en ese hotel, que lleva abierto cuarenta, cincuenta, sesenta años…? O más, si se trata de un edificio histórico convertido en hotel, un convento, un palacio. ¿Cuántas tragedias se han vivido allí, en aquel mismo lugar? En esos casos, no puede esquivar el viajero a la traidora imaginación y, al mirar hacia una de esas enormes vigas de madera que sustentan el techo de este tipo de lugares históricos… no puede evitar preguntarse: ¿Se habrá ahorcado alguien de alguna de ellas? La imaginación juega malas pasadas y, a veces, el viajero, medio adormilado, en la oscuridad de la noche, parece ver una sombra balanceándose y entonces aquella pregunta que nunca habría querido hacerse, se la hace: ¿Será él o ella, el ahorcado o la ahorcada, aquel espíritu que quedó encerrado, angustiado, para toda la eternidad, aquella fatídica noche de suicidio, en la habitación 103? Como se decía en aquella famosa película titulada Los otros, a veces, el mundo de los vivos y el de los muertos se mezclan.

Por último, conviene que el viajero tenga algunas precauciones a la hora de elegir su alojamiento. Recordemos cómo la película francesa L’Auberge Rouge (“El Albergue Rojo”) nos cuenta que viajero que entraba en aquel alojamiento, viajero que no salía… vivo; y los cerdos del establo cada día más y más bien cebados y más rollizos. Por supuesto, si el motel se llama Bates y el recepcionista también se llama Bates, Norman Bates para más señas, y su madre es poco habladora, y algo fría y pálida, poco comunicativa e indiferente, en exceso delgada y con la piel algo reseca, quizá es mejor buscar otro hotel; a veces, una simple ducha entraña sus riesgos y no suele acabar bien. En general, y por si las moscas, todo buen triscaidecafóbico debería rechazar siempre una habitación de hotel con el número 13. Nunca se sabe lo que puede pasar.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO

  • Digg
  • Del.icio.us
  • StumbleUpon
  • Reddit
  • Twitter
  • RSS

Leave a Reply