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Viajeros en Campo de Criptana: Wenceslao Fernández Flórez, Don Quijote y los molinos de viento (1914)

El ferrocarril en Campo de Criptana: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (1993)

El ferrocarril en Campo de Criptana: Óleo de José Manuel Cañas Reíllo (1993)

Un viajero hace el viaje en tren desde Murcia, aquel verano de 1914, y, evocando a cuantos caballeros en la literatura española ha habido, no puede evitar recordar a aquel, el más famoso de todos, a aquel que casi es real, al de la Triste Figura, al caballero de La Mancha, a Don Quijote. Y evocar a don Quijote implica, necesariamente, evocar los molinos, y evocar los molinos, sin más remedio, lleva a la mente a Campo de Criptana. Y esto le ocurrió a aquel viajero que llegó a la estación criptanense en un tren un día de verano de 1914. Aquel tren no sólo había cambiado la vida de los viajeros y de todos, en general; aquel tren que extendió su maraña por España a mediados del siglo XIX permitió a las gentes más observadoras de aquellos tiempos observar e interpretar el paisaje desde un punto de vista nuevo.

Aquel viajero que venía de la vega murciana nos dejó escrita su visión del paisaje de La Mancha, y también el paisaje de Campo de Criptana, en un artículo titulado Por tierras del Levante. Rincones de España, y subtitulado “Mientras corre el tren…”, que se publicó en el periódico coruñés El Noroeste, año XIX, núm. 974, del lunes 6 de julio de 1914.  Dice así sobre Criptana:

Hace unas cuantas horas hemos visto á Criptana. Cuando paró el tren, nos levantamos perezosamente de nuestro asiento, y nos asomamos. De pronto, hemos dado un pequeño grito de sorpresa. ¡Criptana; he aquí á Criptana!… Más allá de la estación minúscula, en un amplio declive, estaba la villa manchega, más grande, más blanca de cómo la habíamos soñado; en sus casitas había ya puntitos de luz. Y en lo alto, tras la blanca mancha del pueblo, en lo sumo del declive, los molinos de viento, cilíndricos, con sus tejados como capacetes, como sombreros coreanos, y las enormes aspas clavadas, quietas, como brazos.

Estos son los molinos de D. Quijote, los molinos contra los que cerró el valiente caballero soñador, de la Triste Figura. Estos mismos son. ¡Criptana!… Va trepando alma arriba una dulce emoción. Estas llanuras fueron el teatro de todas aquellas inmortales hazañas; aún conservará el polvo en algún camino las huellas de herradura de Rocinante; resonaron aquí los gritos del buen Sancho cuando advirtió á su dueño del error temerario; sobre este cielo se destacó la figura huesosa del caballero, cuando esas mismas aspas lo alzaron y tundieron… Sin el genio colosal de Cervantes, ¿qué poesía podíais tener vosotras, inmensas llanuras de la Mancha?…

Continuó después viaje el viajero, rumbo a Andalucía, y pasó por Archena, por Fortuna, por Alhama, “por tierras de la Andalucía trágica, donde las mujeres no tienen claveles en el pelo…”.

Molinos de Criptana: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

Molinos de Criptana: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2013)

Pero ¿quién es este viajero? Tenemos, por fortuna, su firma al pie del artículo: W. Fernández Flores. Es éste, ni más ni menos que el gran escritor, periodista y humanista gallego Wenceslao Fernández Flórez, o Flores como también se escribía (1885-1964), aquel de cuya mente prodigiosa surgió ese relato inolvidable de El bosque animado, y salieron muchos otros más. El escrito está fechado el 1º de julio, en Huércal-Overa (Almería). Y las cosas, las casualidades y los imprevistos de la historia, como siempre, nos sorprenden: tres días antes, el 28 de junio morían asesinados en Sarajevo el archiduque Francisco Fernando de Austria y su mujer. Con lo que ocurriría después, Europa ya nunca volvería a ser la misma, y fue aquel verano de 1914. Cambian fronteras, cambian sistemas, todo cambia para, a la vez, todo seguir igual, como dictan las normas inmutables de la naturaleza. Y la vida sigue y siempre sigue, y los molinitos de Criptana también. Como dijo Azorín nueve años antes, cuando escribía sobre este pueblo, los molinitos de Criptana andan y andan… y seguirían siempre andando, y moliendo, aunque solo fuera en la memoria y en la poesía, imperturbables al paso del tiempo, como si acabaran de derrotar al caballero de la Triste Figura unos minutos antes…. Ya no había trigo que moler, ni tenían estos molinos su molinero, y los vientos ya no movían sus aspas. Pero ¿qué más da? Siempre nos quedarán la literatura y la imaginación.

Enlace:

Wenceslao Fernández Flórez (Wikipedia)

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO

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