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Viajeros en Campo de Criptana: El polígrafo francés Camille Mauclair (1931)

Don Kikhot (Don Quijote. Grigori Kozintsev, 1957)

Don Kikhot (Don Quijote. Grigori Kozintsev, 1957)

Fueron muchos los viajeros que, en su camino por La Mancha en busca de las huellas de don Quijote, recalaron en Campo de Criptana. Tanto se había escrito sobre la Ruta del Quijote, tanto se había escrito sobre el caballero y sus andanzas, que el mito se hizo realidad. Era inevitable asociarlo con los molinos de Campo de Criptana. Sería posible, con el testimonio de tantos y tantos escritores como estuvieron en Criptana, trazar una historia detallada de esta identificación de sus molinos con la historia del caballero, pero lo cierto es que, a comienzos del siglo XX, ya era un hecho. Ya, a esas alturas del tiempo, nadie dudaba que Don Quijote existió, de que existieron también Sancho y aquella Dulcinea imposible, y de que aún se podía ver en los caminos manchegos la polvareda que iba levantando a su paso el rocín del caballero. No podía ser de otra manera. Pensar en los molinos de Campo de Criptana y en su sierra es aceptar la realidad de Don Quijote en un tiempo como el nuestro en el que ya no hay espacio para mitos, ni para leyendas, ni para fantasías.

Don Quijote: Grabado de Gustave Doré

Don Quijote: Grabado de Gustave Doré

Hoy traigo la noticia, si bien breve, de un viajero francés que estuvo en Campo de Criptana y publicó sus reflexiones. Es Camille Mauclair (1872-1945), pseudónimo de Séverin Faust, conocido poeta, novelista, biógrafo y escritor de viajes que fue especialmente famoso por su apoyo al impresionismo y al simbolismo (pero no al fauvismo). Y su libro, publicado en 1931, tiene por título L’âpre et splendide Espagne. Cito el texto según la versión española del capítulo correspondiente a “La Mancha y Sierra Morena” que publicó Gloria Giner de los Ríos, en su libro Lecturas geográficas. Espectáculos de la naturaleza, paisajes, ciudades y hombres (Madrid 1936), págs. 128-129:

Estoy en la célebre Mancha. Algo reverbera: lagunas de agua salada. ¡Ah! ¡Molinos! Allá, lejos, los molinos de Criptana. Imposible no pensar en don Quijote. No evitaré esta banalidad, y me complazco en ello, al viajar como un papanatas para desagradar a los espíritus selectos. Y creo, como las gentes de esta región, en la existencia real de Don Quijote, de Sancho y hasta de Dulcinea. Creo incluso que viven infinitamente más que la mayor parte de las gentes que conozco. Acabo de ver a Sancho sobre un jumento, y he visto muchas Dulcineas en los andenes de estas pequeñas estaciones, donde el paso del tren es el acontecimiento del día.

Don Quijote leyendo libros de Caballerías: Obra de Adolf Schrödter (1834)

Don Quijote leyendo libros de Caballerías: Obra de Adolf Schrödter (1834)

Gloria Giner de los Ríos (1886-1970) fue una mujer adelantada a su tiempo. Fue alumna de la Institución Libre de Enseñanza, estudió magisterio en Barcelona (1908) y asistió a cursos de griego en la Universidad. En Madrid asistió a cursos en la Institución Libre de Enseñanza, que había fundado su tío Francisco Giner de los Ríos; asistió también a clases de Manuel Bartolomé Cossío. Fue profesora y escribió muchos libros de texto sobre geografía que se publicaron en la colección escolar Calleja. En 1936 se trasladó con su marido a Washington, tras el nombramiento de éste como embajador. Allí impartió clases en la Universidad de Columbia. Tomo estas notas del artículo de Octavio Ruiz-Manjón, “Gloria Giner de los Ríos. Noticia biográfica de una madrileña”, Cuadernos de Historia Contemporánea 2007, págs. 265-272.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO

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