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Viajeros en Campo de Criptana: El periodista y escritor bohemio Eugenio Noel (1924) (III)

Molinos de Campo de Criptana: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2011)

Molinos de Campo de Criptana: Foto de José Manuel Cañas Reíllo (2011)

Hay tiempos de construcción y tiempos de destrucción; tiempos de conservación y tiempos de abandono. Los antepasados construyeron y los descendientes abandonaron. Es una forma de destruir, el abandono. Se deja al amparo del tiempo, que pasa inexorable, y todo lo arrastra consigo. Se llevó a nuestros antepasados, dejando de ellos ni el recuerdo, y se quiso llevar también lo que ellos hicieron. Quiso llevarse a los molinos de viento de Campo de Criptana, allá por los años veinte. Quiso la Parca acabar con ellos en alianza con la dejadez de los criptanenses de aquella época. Pero no pudo, porque los molinos se resistieron; aguantaron sus gigantescos armazones el empuje de aquellos vientos que no hacía mucho les habían dado la vida. Aguantaron las lluvias del otoño y el tórrido sol estival. Pero ya no había nada que moler, y era tan difícil aguantar tanto y tanto…

Posiblemente nadie como aquel bohemio Eugenio Noel, escritor de ligera pero enrevesada pluma, de léxico rebuscado y artificioso, pero siempre rico y evocador. Eugenio Noel estuvo en Campo de Criptana allá por los años veinte, precisamente cuando aquellos molinos estaban en la más terrible decadencia y ruina, y nos lo dejó todo escrito en su libro España nervio a nervio, publicado en Madrid en 1924. No, no es una novedad Noel en este blog, porque ya sobre él he escrito, y he escrito sobre lo que él escribió sobre Campo de Criptana y sus molinos de viento. Véanse al respecto: Viajeros en Campo de Criptana: El periodista y escritor bohemio Eugenio Noel (1924) (I), y Viajeros en Campo de Criptana: El periodista y escritor bohemio Eugenio Noel (1924) (II). Dejamos en éste último escrito a Noel contemplando aquellos esqueletos molineros, y continúa así (pág. 22):

Otro de los molinos, más hospitalario, en camaradería de muerte, cobija unos trashumantes de traza de masegueros, de los que siegan el carrizo. Sólo resta al molino, de sus entrañas y órganos, el palo de gobierno, aun fijo en el fraile y en uno de los hitos. Sobre el huso de madera o borriquillo nos mira, con la curiosidad con que nosotros contemplamos el molino, un mozarrón de los masegueros, zahareño y negro, de tozuelo carnoso y fuerte pestorejo, roídos los labios por el croncho de las colillas; tiene una botella por el golete y en las rodillas una gamella con puches. El molino y él emparejan con extraño encaje.

Cerca de uno de los molinos que andan ha caído, bajo la pesadumbre del tiempo, otro que fuera airoso pairón de la cabezuela. Perdidas las aspas, cerrado su cono blancuzco, salpullida su fábrica de pecas bermejas, no sé qué aspecto parecido ofrece a las carátulas grotescas de estos propios molinos sentidos por Doré. Sus manchones, las rozaduras, los resudos del verdor del fasco de los jardines muertos, los recovecos salitrosos, las desconesalduras de color de cantueso, parecen arrugas de gestos livianos, guiños de taimería, arfadas y retorceduras de rostro de gente camorrista.

No todos los molinos habían muerto. Algunos aún funcionaban, y giraban al son del vals de los vientos de Criptana. Pero de ellos y de cómo los veía Noel, hablaremos otro día.

Por cierto, para finalizar algunas consideraciones léxicas. Para el término “maseguero”, la forma aceptada actualmente por el DRAE es “meseguero”: “encargado de guardar las mieses”. El “tozuelo” es, también según el DRAE, la parte dorsal del cuello, propiamente la cerviz, término de tan interesantes connotaciones bíblicas, siendo el “pestorejo” una parte del cuello adyacente a la oreja. Respecto a “golete”, la forma actualmente aceptada es “gollete”, y designa al “cuello estrecho que tienen algunas vasijas, como garrafas, botellas, etc.” (DRAE). La “gamella” es un tipo de artesa, y el “puche” (mejor en plural, “puches”) designa a un tipo de gachas. “Pairón” no está recogido en el DRAE, en ninguna de sus ediciones; pienso, sin embargo, que puede ser un sustantivo formado a partir del verbo “pairar”, que, según el DRAE, es: “dicho de una nave: estar quieta con las velas tendidas y largas las escoltas”; el molino habría sido, pues, como una nave en lo alto de su sierra criptanense; o también podría ser una variante de “airón”, que designa al “adorno de plumas, o de algo que las imite, en cascos, sombreros, gorras, etc.” (DRAE). Para finalizar, “arfada” es la acción de “arfar”, es decir, “cabecear”, dicho de un buque (DRAE). Los molinos serían, pues, para Noel, naves cuyas aspas se asemejarían a las velas desplegadas al viento.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO

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