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Viajeros en Campo de Criptana: El periodista y escritor bohemio Eugenio Noel (1924) (II)

Hoy voy a hablar de nostalgias del pasado, de aquel tiempo pasado en que Campo de Criptana tenía una sierra cubierta de molinos, y ya se iba apagando, poco a poco, su vida. Hoy no podemos, ni siquiera, imaginarnos cómo era aquel prodigio que aliaba a la técnica y a la naturaleza, el ingenio del hombre y los vientos: aquellos molinos de antaño. No podemos imaginarnos aquellas aspas, todas al unísono en su giro incesante, no podemos imaginarnos ya aquel Criptana antiguo que conocieron en su ser más profundo Azorín, Jaccaci y Starkie, aquel Criptana puro y blanco, inmaculado en su cal, resplandeciente como una perla bajo el sol.

Eugenio Noel

Eugenio Noel

Volvamos a aquel tiempo en que Criptana era leyenda cervantina y aquella impostura del “Albaicín Criptano” de hoy ni existía y nunca se habría permitido, entonces, que existiera. Es aquel tiempo en que viajeros, como Eugenio Noel, bohemio, escritor, periodista, vino a Criptana, cuando aquellos molinos languidecían moribundos en el abandono. Es el año 1924, cuando este autor publicó su libro España nervio a nervio en Madrid y Campo de Criptana encontró su lugar, protagonista casi, en la España literaria y artística de aquella época. Siempre Criptana, siempre cervantina, siempre escenario de las andanzas quijotescas de ayer y de hoy… Y Eugenio Noel, aquel bohemio que murió en la pobreza más absoluta, vino como otros muchos escritores de su época a descubrirlo para darlo a conocer al mundo. Los molinos de Campo de Criptana empezaban ya a ser universales y quien pensaba en Don Quijote miraba, casi sin quererlo a Campo de Criptana. Continúo, así, como recuerdo de Noel y de tantos otros viajeros, con su descripción de los molinos de Criptana y aquella ruina imparable e indecente que sufrían por aquel entonces. Y continúo donde lo dejé en el post del día 31 de octubre de 2012, en la pág. 21 del citado libro:

Ved allí, por donde culebrea el camino de Quintanar, por el cibanto pedregoso donde amarillea el rastrojo y la flor de argoma en las rozas redondas de forma de borona, aquel molino ha dejado caer como brazos muertos las dos únicas aspas que le restaban. Sus trancas aspilladas cuelgan de la caja del eje; el velaje se deslía de los bastidores en piltrafas túrdigas, y los palos machos desgajados por el peso de las puntas tienen en ellas el bulto de las trecheras como huesos enormes de bestias.

Don Quijote de Orson Welles (Orson Welles, 1992)

Don Quijote de Orson Welles (Orson Welles, 1992)

Aquel otro molino sobre el contorno huraño de los peruagales erizados de cardos borriqueros, de tobas y liegos, de manchas rojas de rejalgar, no posee ya de su caperuza sino la caja carcomida de corazón de pino por la que rodaba. La espiga del eje se rompe en el borde mismo del rabote, y la otra piedra de sustentación, la muéllega, vacila sobre el corrimiento de la aragamasa. Los mismos ventanos del telar se destellan como sombrías almenas de garito. Lo que fué torrecilla gentil parece ahora brocal gigantesco de pozo esculpido fuera de su caja, por un estertor del médano.

Uno de esos molinos conserva tan sólo una aspa rígida en el ahijón, y en el aspa, la lona zurcida de remiendos, mugrientos harapos culsebrados o pespunteados, al modo de capa de pordiosero, de retazos teñidos de almagre de las tundras. Casi sepultado en los cenizales de la pajiza ladera, lentamente, con corto aire trágico de voluntad de hundirse…

¡Oh, ese trozo de molino, ni de yacija sirve a los gitanos, ahuyenta a los mismos búhos!

No puede haber espectáculo más triste que éste, y así lo debieron sentir aquellos que vinieron a Criptana pensando que, en cualquier momento, al volver una esquina de aquellos viejos barrios altos de callejas estrechas y serpenteantes, se encontraría al Caballero de la Triste Figura y a su fiel escudero Sancho. No se encontraron a Don Quijote; tampoco se encontraron a los gigantes. Aquello que encontraron ya no era ni sombra de lo que había sido antes y ya, cualquier Quijote, con una ligera estocada, los podría haber derribado sin mucho esfuerzo, casi con un soplo. Aquellos gigantes sin cabeza, de brazos carcomidos, esqueletos que desafiaban la ley de la gravedad, ya no podrían hacer frente ni a la sombra de Don Quijote, porque Campo de Criptana los estaba dejando caer, ingrato pueblo; había olvidado  que, durante siglos, si pudo comer, fue gracias a estos molinos, y a Eolo, que les enviaba sus vientos.

No sirve de nada lamentarse de lo que fue, de lo que es, y de lo que pudo haber sido. No sirve de nada lamentarse de lo que se ha perdido, porque perdido está, y nunca volverá, igual que el agua que baja por el río, esa misma agua, no volverá a pasar, igual que el tiempo presente ya es pasado, y el futuro es presente. Todo pasa, todo transcurre, y lo pasado pasado está. Y pienso esto hoy, cuando observo triste cómo la cultura de Campo de Criptana se derrumba, poco a poco, como aquellos viejos molinos… y nadie parece darse cuenta.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO

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