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Viajeros en Campo de Criptana: El escritor chileno Augusto d’Halmar (1934)

Augusto d'Halmar

Augusto d’Halmar

Fue el chileno Augusto d’Halmar, o Augusto Goemine Thomson, como era su auténtico nombre (1882-1950), uno de los grandes de la literatura chilena, y uno de los grandes de la literatura en español. Fue d’Halmar, este chileno de Valparaíso,  un gran intelectual, prolífico escritor, cronista de su época y viajero incansable. Escribió algunas de sus obras en España, donde permaneció entre 1919 y 1934. En España publicó obras como Nirvana, Mi otro yo, La sombra del humo en el espejo, y Pasión y muerte del cura Deusto.

Augusto d'Halmar: "La Mancha de Don Quijote" (1934)

Augusto d’Halmar: “La Mancha de Don Quijote” (1934)

Pero la razón por la que dedico hoy este post a este escritor es porque también estuvo en Campo de Criptana, una escala imprescindible en su viaje por los pasos y andanzas del Caballero de la Triste Figura. Por supuesto, es para Campo de Criptana un gran honor que d’Halmar, que fue galardonado en 1942 con el Premio Nacional de Literatura de Chile, haya pasado por nuestra sierra de los molinos, y haya visto en persona los molinos y les haya dedicado, privilegiados ellos, unas palabras en su obra.

Augusto d’Halmar recopiló su viaje manchego en su obra La Mancha de don Quijote, publicada por la Editorial Ercilla de Santiago de Chile en 1934. Describe en él su viaje que parte de Argamasilla de Alba, pasa por Tomelloso, recorre El Toboso, Campo de Criptana y Puerto Lápice y acaba, tras pasar por Ruidera, en la Cueva de Montesinos. Campo de Criptana sale a relucir en el capítulo X, titulado “Los molinos sin viento y Puerto Lápice” (págs. 95-98). Y esto nos dice de los molinos criptanenses:

Forman [los molinos] un escuadrón de gigantes estratégicamente parapetado cada uno en altozanos donde mejor pueden prender en un solo haz los cuatro vientos, ya que es su oficio escamotearlos. Sus largos brazos, ahora inertes, habituados están a captar, pilar y majar lo invisible, como el alma triturada de un pajarillo. Verdaderos pájaros de rapiña, los molinos, al acecho para apresar en su vuelo los enjambres de céfiros, como mariposas, y las bandadas de brisas como golondrinas.

Decir que veníamos de tan lejos para verlos y que apenas si los miramos ¡no, nadie lo creerá!, y es que si infunde desinteresado sosiego una tartana movilizada por un borriquillo, es desmoralizadora y excitante la influencia de un cuarenta HP, y nos vuelve, como quien dice, pródigos de distancia y a la vez sórdidos de tiempo.

La Sierra de los molinos (Campo de Criptana): Óleo de J. M. Cañas Reíllo (2007)

La Sierra de los molinos (Campo de Criptana): Óleo de J. M. Cañas Reíllo (2007)

Dice d’Halmar que en Campo de Criptana le invitó a comer un tal Gerardo Muñoz, “que fue poeta a sus ratos” y luego fueron a ver los molinos. Da por sentado d’Halmar que estos molinos de Criptana fueron aquéllos contra los que luchó Don Quijote, por supuesto, en desigual e injusta batalla. Y nos sigue diciendo sobre los molinos:

Estos mismos [molinos], que a la sazón eran novedad en Criptana y España, y que, acaso por eso, le sobrecogieron [a Don Quijote]. Recién importados de Flandes y los Países Bajos, es posible que el hidalgo de Argamasilla de Alba no los hubiera visto hasta entonces, ni hubiera sabido de ellos. Y con su bracear desaforado de matamoros, sorprendieron doblemente su buena fe de alucinado. Acometerles era su deber; aventarle era su derecho. Meterse en libros de caballería o arremeter contra molinos de viento, viene a ser todo uno.

Desde Criptana, siguió d’Halmar el viaje hacia Puerto Lápice en su vehículo 40 HP (es decir, “horsepower”, o “caballos de vapor”), cargado de recuerdos y evocaciones del Quijote, de la historia que más ha inspirado la literatura moderna y contemporánea… y la sigue inspirando.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO

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