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Viajeros en Campo de Criptana: El académico colombiano Lucio Pabón Núñez y las gentes y los pueblos de La Mancha (1962)

Lucio Pabón Núñez

Lucio Pabón Núñez

Tres colombianos vinieron en viaje de peregrinación a La Mancha: Lucio Pabón, su hermano Ciro, y su hijo Lucio Antonio. Los tres hacían su particular ruta, que era la de Don Quijote, y sin perder de vista la de Azorín. Es, como si dijéramos, permitiéndonos la libertad de adecuar términos teológicos al universo literario, una cuestión de trinidad: tres colombianos y tres rutas… tres rutas que eran una. Recordemos que Pabón recogió las imágenes y experiencias de su viaje en su libro Por la Mancha de Cervantes y Quevedo, publicado en Madrid en el año 1962. Vinieron los tres en automóvil, pues ya habían quedado lejos y solo en el recuerdo aquellos incómodos viajes de otros tiempos. Y suponemos que las posadas, los mesones y las ventas que fueran encontrando por su periplo habrían mejorado sustancialmente y ya no serían aquellos alojamientos insanos de los que tanto se quejaban los viajeros del XIX y comienzos del XX.

Qué duda cabe de que La Mancha es algo más que mito cervantino. Es paisaje, es cielo, es luz, y es también su gente y sus pueblos, como no podía ser de otra manera. Y de ello nos dejó testimonio Pabón, en la pág. 10 de su introducción a este librito:

Se yergue acá un labriego de faz tostada, digno par de aquéllos que se entretenían dialogando con el alucinado don Alonso; más adelante cruzamos un villar de casitas con paredes blancas, luminosamente blancas, y tejados patinosos. Una ermita, un molino de viento, muy de cuando en cuando unas ovejas con su mayoral y sus zagales, chopos y carrascas… Vibra el sol a través de un éter limpio, intenso, agresivo. Es el horizonte implacablemente huidizo. Muy de tarde en tarde signa los espacios el corto vuelo de una urraca. Escasean las casas campesinas y los pueblos se distancias bastante unos de otros. Quizás por esto aún desfilen los clásicos mesones y los venteros doctorados en mil y una artimañas y socarronerías. A ratos parece verse, si no oírse, el prudente pisar de Rocinante.

La gente de estos contornos tiene fama de laboriosa, imaginativa y agorera; desde los días de Sancho se dice que “es tan colérica como honrada”. En lo que a la mujer atañe, baste saber que de aquí surgió la más bella de todas las amadas.

Campo de Criptana (Nieves de Hoyos: "Fiestas patronales y principales devociones de La Mancha)

Campo de Criptana (Nieves de Hoyos: Fiestas patronales y principales devociones de La Mancha)

No faltan tampoco observaciones sobre las casas de La Mancha, esa tipología ya perdida tan sabiamente diseñada como fruto de la experiencia de siglos y siglos, que de tantas inclemencias invernales y estivales protegió a nuestros antepasados. Así, sobre el tipo de casa manchega, nos dice Pabón (pág. 11):

La casa sigue siendo ancha, como la del Caballero del Verde Gabán; algunas con escudos de piedra encima de la puerta; muchas con amplio corral, sombreado por árboles y parras, y adornado por un pozo profundo y melodioso; casi todas, “la bodega en el patio, la cueva en el portal, y muchas tinajas a la redonda”. Vasijas que en los días del hidalgo procedían del Toboso, por lo que le llevaban a la memoria “la dulce prenda de” su “mayor amargura”; y que ahora, por lo general, vienen de Mota del Cuervo o de Villarrobledo.

Tal es el escenario por donde vamos quijotilmente discurriendo.

Coinciden algunas de estas apreciaciones sobre la casa manchega con la descripción que Azorín hacía de la fonda de Campo de Criptana, muchos años antes (El Imparcial, año XXXIX, núm. 13.643, del martes 21 de marzo de 1905). Esta fonda ya no existe, por lo que el testimonio de Azorín es lo único que nos queda de ella:

La casa es vetusta; tiene un escudo; tiene de piedra las jambas y el dintel de la puerta; tiene rejas pequeñas; tiene un zaguán hondo, empedrado con menuditos cantos. Y cuando se pasa por la puerta del fondo se entra en un patio, á cuyo alrededor corre una galería, sostenida por dóricas columnas. El comedor se abre á la mano diestra. He subido sus escalones; en entrado en una estancia oscura.

Tal era aquella fonda, casón típico manchego que, como otros muchos que entonces hubo en Campo de Criptana, ya ha desaparecido hace mucho sin dejar ni rastro. Retrocediendo aún más en el tiempo encontramos el testimonio de Augusto Floriano Jaccaci, que a finales del siglo XIX viajó por la Mancha, tras las huellas de Don Quijote, y también vino a Criptana. Pero para no alargar más este artículo remito a quien esté interesado en su lectura a Posadas de Campo de Criptana: El testimonio de Augusto Floriano Jaccaci (1890).

Continuaremos mañana con la llegada de Pabón y sus compañeros de viaje a Campo de Criptana.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO

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