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Viajeros en Campo de Criptana: El académico colombiano Lucio Pabón Núñez, los molinos de viento y Don Quijote (1962)

Gigantes de Criptana: Foto e José Manuel Cañas Reíllo (2008)

Gigantes de Criptana: Foto e José Manuel Cañas Reíllo (2008)

¿Gigantes o molinos? Nunca se puede estar seguro en La Mancha, porque su luz, su llanura y su leyenda recrean espejismos que, más bien, son ensoñaciones. Don Quijote vio en aquellos ingentes ingenios gigantes, y gigantes han visto en ellos cuantos viajeros han venido a La Mancha. Los molinos son algo más que monumentos; son símbolos, de algo más, de algo mucho más importante para el ser humano. Así nos dirá Lucio Pabón Núñez en las páginas 37-39 de su librito del que hasta ahora nos venimos ocupando en los últimos artículos, su librito Por la Mancha de Cervantes y Quevedo, publicado por Ediciones Hispanoamericanas en Madrid, en el año 1962.

Hablábamos en el artículo anterior del conjunto de molinos en aquellos años en que los tres colombianos, Lucio Pabón, su hijo Lucio Antonio y su hermano Ciro, vinieron a La Mancha, y recalaron en Campo de Criptana como era de esperar y es obligado cuando de Cervantes y de Don Quijote se trata. Y, como todos los foráneos, también ellos se maravillaron sobremanera de aquellos molinos de viento que encarnaban una leyenda. Realmente, como decía también ayer, ¡qué difícil es aceptar que Don Quijote no existió en la realidad y que no combatió contra los molinos de viento! Aquella sierra de Campo de Criptana que a comienzos del siglo XX estuvo poblada de molinos cayó en decadencia; estos ingenios se abandonaron cuando dejaron de ser útiles y rentables (los tiempos son así de ingratos), y comenzaron a perderse. ¡Cuántos viajeros se quejaron de ello! ¡Venir a Criptana esperando encontrar muchos molinos, para hallar tres, o cuatro! Pero cuando vinieron los tres colombianos las cosas habían cambiado… y mucho.

Don Quijote de la Mancha (Rafael Gil, 1947)

Don Quijote de la Mancha (Rafael Gil, 1947)

Como si de una nueva ensoñación se tratara aquel alcalde poeta, José González Lara, vio en los molinos el símbolo de Criptana, y vio en ellos la encarnación del mito, y detuvo el tiempo. Y los molinos volvieron a ser, eso sí, con la ayuda de diferentes países hispanoamericanos. González Lara vio en ello no sólo la perpetuación de la leyenda cervantina; vio, fundamentalmente, la unión de la Hispanidad, y eso nos demuestra que no ha habido otro alcalde que, como él, forjara aquella concepción universal de Criptana y consiguiera hacerla realidad. En esto lo dejamos ayer: Lucio Pabón hacía referencia a los nuevos molinos construidos con ayuda de países hispanoamericanos. Y aquí continuamos, con ese proyecto de colaboración con América en el que nos quedamos ayer y sobre el que Pabón nos dice:

El proyecto me parece espléndido: un molino reconstruído por cada nación hispanoamericana. Un original y significante monumento a la raza y a su mejor intérprete. ¿Pero (alguien dirá) molinos de viento para pueblos que necesitan realidades? Pues claro que sí: molinos de viento. Cuando don Quijote los acometió, y rompió su lanza contra las aspas enfurecidas, lo hizo para enseñarnos que el cumplimiento del deber no puede detenerse ante ningún obstáculo, así lo formen poderosísimos escuadrones de gigantes de cien brazos. El que no tenga ese temple heroico, que se aparte y, como Sancho, se ponga en oración. Caballo y caballero rodaron por el campo muy maltrechos y tuvieron luego que escuchar las reconvenciones atrevidamente pedagógicas del escudero. Pero no termina aquí la aventura: don Miguel le da el debidísimo complemento. El premio al arrojo incontenible de don Quijote está en el episodio que viene a continuación: el de la sangrienta victoria sobre el arrogante vizcaíno. No tuvo el ardiente y casto enamorado en toda su agitada existencia oportunidad más brillante que ésta para ver satisfechos sus más firmes anhelos de caballero andante: la avalada promesa de ir el vencido al Toboso a presentarse de parte del hidalgo “ante la sin par doña Dulcinea, para que ella haga de él lo que más fuere de su voluntad”.

¿Veis cómo nada en la vida se pierde y cómo, a la manera que la flor se oculta dentro de la semilla enterrada, el triunfo está palpitando en lo hondo de las más amarga desventura.

Aquí, junto a estos terribles molinos de Criptana y teniendo toda la Mancha como auditorio, hay que decir en nombre de nuestras repúblicas los versos de Darío, ese gigantesco Quijote lírico de Hispanoamérica:

¡Ora por nosotros, señor de los tristes;

que de fuerza alientas y de sueños vistes,

coronado de áureo yelmo de ilusión;

que nadie ha podido vencer todavía,

por la adarga al brazo, toda fantasía,

y la lanza en ristre, toda corazón!

Criptana como eje entre dos mundos: la antigua Europa, y la nueva América. No nos engañemos, si Campo de Criptana tiene alma universal, y si es conocida en todo el mundo, y si tantos viajeros han venido en peregrinación, y si tantos siguen viniendo hoy día, y si su nombre aparece siempre unido a Don Quijote, y si su fama resuena siempre que hablamos de Cervantes… no nos engañemos, no es más que por sus molinos de viento y por lo que en ellos se encarna de leyenda, de literatura y de mito. Y por nada más.

Por supuesto, como el lector habrá percibido, ese Darío, “ese gigantesco Quijote lírico de Hispanoamérica”, no es otro más que Rubén Darío. ¿Qué más se puede pedir?

 JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO

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