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Viajeros en Campo de Criptana: Azorín en la fonda (1905)

El Viaje a ninguna parte (Fernando Fernández Gómez, 1986)

El Viaje a ninguna parte (Fernando Fernández Gómez, 1986)

Y Azorín llegó a Campo de Criptana, una tarde, con el crespúsculo. Y caminó el trecho que había entre la estación y las primeras casas del pueblo. Y caminó, objeto de la curiosidad de algunos criptanenses que desde sus “coches viejos”, dice Azorín, “coches fatigados”, añade, miraban al forastero, al extraño forastero. Y el forastero aquél, Azorín, escritor insigne y ya entonces célebre, buscó, como es natural en todo viajero, un lugar de acomodo para pasar la noche; y preguntó a alguien por la fonda, y alguien le indicó dónde estaba la fonda, y la tenía cerca, muy cerca, casi delante de él. Siempre es un alivio para el viajero cansado encontrar dónde alojarse; pero Azorín no sabía que, en aquella fonda, iba a retroceder en el tiempo, casi a la época de Don Quijote. Porque las cosas no habían cambiado tanto en Campo de Criptana desde hacía siglos, y la fonda tampoco. Y así comienza una de las aventuras criptanenses, no de Don Quijote, sino de Azorín, que otro Don Quijote bien podría haber sido y en nada habría desmerecido al de verdad.

Tres siglos después de la publicación del Quijote, aquí estaba Azorín, en Campo de Criptana, uno de los lugares míticos de la novela cervantina. Azorín, quizá un nuevo Don Quijote, como todos aquellos que han hecho a lo largo de los años su Ruta, ya inmortal. Cómo era la fonda de Campo de Criptana nos lo cuenta Azorín en el artículo titulado Los Molinos de Viento, que, como parte de la serie “La Ruta del Quijote”, publicó en el periódico El Imparcial, año XXXIX, núm. 13.643, del martes 21 de marzo de 1905. Definamos antes los antecedentes de la historia de hoy. El forastero, aunque no extraño, Azorín, acaba de llegar a Campo de Criptana; viene andando desde la estación de ferrocarril; es el crepúsculo; el cielo se ilumina de luz naranja, en la eternidad del horizonte, como son los crepúsculos manchegos. El forastero está cansado, y busca un lugar donde dormir. Pregunta al primero que encuentra por la calle, y éste le responde. Lo que sigue, nos lo dirá el mismo Azorín.

- ¿Está muy lejos de aquí la fonda? – pregunto yo.

- Esa es – me dicen, señalando una casa.

La casa es vetusta; tiene un escudo; tiene de piedra las jambas y el dintel de la puerta; tiene rejas pequeñas; tiene un zaguán hondo, empedrado con menuditos cantos. Y cuando se pasa por la puerta del fondo se entra en un patio, á cuyo alrededor corre una galería, sostenida por dóricas columnas. El comedor se abre á la mano diestra. He subido sus escalones; he entrado en una estancia oscura.

- ¿Quién es? ha preguntado una voz desde el fondo de las tinieblas.

- Yo soy – he dicho con voz recia.

Y después, inmediatamente:

- Un viajero.

He oído en el silencio un reloj que marchaba: “tic-tac; tic tac”; luego se ha hecho un ligero ruido como de ropas removidas, y al fin una voz ha gritado:

- ¡Sacramento! ¡Tránsito! ¡María Jesús!

Y luego ha añadido:

- Siéntese usted.

¿Dónde iba yo á sentarme? ¿Quién me hablaba? ¿En qué encantada mansión me hallaba yo?

He preguntado tímidamente.

- ¿No hay luz?

La voz misteriosa ha contestado.

- No; ahora la echan muy tarde.

Joven probándose pendientes (Rembrandt, 1657)

Joven probándose pendientes (Rembrandt, 1657)

Pero una moza ha venido con una vela en la mano. ¿Es Sacramento? ¿Es Tránsito? ¿Es María Jesús? Yo he visto que los resplandores de la luz – como en una figura de Rembrand – iluminaban vivamente una carita ovalada, con una barbilla suave, fina, con unos ojos rasgados y unos labios menudos.

- Este señor – dice una anciana sentada en un ángulo – quiere una habitación; llévale á la de dentro.

El Pensamiento de San José (Georges de la Tour, 1640)

El Pensamiento de San José (Georges de la Tour, 1640)

La de dentro está bien adentro; atravesamos el patizuelo; penetramos por una puertecilla enigmática; torcemos á la derecha; torcemos á la izquierda; recorremos un pasillito angosto; subimos por unos escalones; bajamos por otros. Y al fin ponemos nuestras plantas en una estancia pequeñita, con una cama. Y después en otro cuartito angosto, con el techo que puede tocarse con las manos, con una puerta-vidriera, colocada en un muro de un metro de espesor y una ventana diminuta abierta en otro paredón del mismo ancho.

- Este es el cuarto – dice una moza poniendo la palmatoria sobre la mesa.

Y yo le digo:

- ¿Se llama usted Sacramento?

Ella se ruboriza un poco.

- No – contesta, – yo soy Tránsito.

Yo debía haber añadido:

- ¡Qué bonita es usted, Tránsito!

Pero no le he dicho, sino que he abierto el Quijote y me he puesto á leer en sus páginas…

Y así leyó, Azorín, a la luz de una vela. Luego cenó y dio un paseo por las calles del pueblo, cuando ya la noche hubo caído. Pero esto es otra historia. El texto de Azorín ha sobrevivido al tiempo; la fonda no, como muchas otras cosas de Campo de Criptana.

Young Frankenstein (El Jovencito Frankenstein. Mel Brooks, 1974)

Young Frankenstein (El Jovencito Frankenstein. Mel Brooks, 1974)

Ignoro si esta fonda se puede identificar con la que reseña el Anuario Riera del año 1904, la fonda “La Murciana”, propiedad de Pedro Molina. Posadas había más: la “De Bizcochos”, de Jesús Ortiz; la “Del Peso”, de Antonio Boluda, y la “De la Plaza”, de la Viuda de Hilario de la Guía. Puede que Azorín, necesitara papel y lápiz para escribir su crónica manchega. Por suerte, este Anuario Riera resolvía todos sus problemas: tenía a su disposición el comercio de objetos de escritorio de Jacinto Cuadra, en la Calle Santa Ana nº 1; y si quería imprimir alguno de sus escritos. había dos imprentas en Criptana: “Sancho Panza” y “Porvenir Manchego”. Azorín vino en tren a Criptana, pero también podría haber venido en carruaje desde Alcázar de San Juan; existía servicio regular Criptana – Alcázar todos los días a las 10 de la mañana y a las 3 de la tarde, “precio, 0,50 pesetas asiento”.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO

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