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Viajeros en Campo de Criptana: Azorín, el recién llegado (1905)

Don Quijote. Grabado de Gustave Doré

Don Quijote. Grabado de Gustave Doré

Azorín vino a La Mancha y, también, a Campo de Criptana, como no podía ser menos, para conmemorar los trescientos años de la publicación del Quijote. Y qué mejor manera de celebrarlo recorriendo, de nuevo, trescientos años después, los polvorientos caminos y pueblos dormidos en la historia por los que anduvo el Caballero de la Triste Figura en sus imaginadas aventuras. Y por Campo de Criptana el Caballero no sólo anduvo; en Campo de Criptana luchó, y aquí pasó su gran prueba de fuego en una desigual e injusta lucha. Vencieron en la justa los gigantes, en fuerza, pero Don Quijote desde entonces, aunque dolorido, vencido y humillado, pasó a ser parte de la eternidad. Y fue en Campo de Criptana donde el mito se hizo realidad, tanto que podemos hoy decir, “aquí luchó Don Quijote contra los molinos, y fueron aquéllos que se ven en lo alto de la sierra, aquellos mismos”.

The General (El maquinista de la general. Buster Keaton, 1927)

The General (El maquinista de la general. Buster Keaton, 1927)

Azorín recorrió la Ruta de Don Quijote, y la escribió dando forma a una obra tan inmortal, casi, como la cervantina. Fue, por unos días, Azorín otro Quijote, tan manchego como el que más. Estos escritos se publicaron por entregas en el periódico El Imparcial, y hoy voy centrarme en el que recoge la primera impresión que se llevó Azorín de Campo de Criptana a su llegada en tren, a la estación, y en el trayecto que hizo a pie hasta la fonda en que se alojaría. Se publicó este artículo en el citado periódico, año XXXIX, núm. 13.643, del martes 21 de marzo de 1905. Y podemos suponer que Azorín lo escribió en uno de los tres días que permaneció en Campo de Criptana. Es el capítulo 11 de su La Ruta de Don Quijote, y lleva el subtítulo de “Los molinos de viento”. Comienza con Azorín, en Campo de Criptana, alojado en su fonda. La vela de su palmatoria se va acabando, y apenas puede leer ya en el Quijote. Llama a las mozas de la fonda, para que le den más luz, pues quiere escribir unas cuartillas. Sacramento, Tránsito y María Jesús son los nombres de estas mozas. Es en ese momento cuando Azorín comienza a recordar cómo fue su llegada a Campo de Criptana. Y fue así:

… He llegado á Criptana hace dos horas; á lo lejos, desde la ventanilla del tren, yo miraba la ciudad blanca, enorme, asentada en una ladera, iluminada por los resplandores rojos, sangrientos, del crepúsculo. Los molinos, en lo alto de la colina, movían lentamente sus aspas; la llanura bermeja, monótona, rasa, se extendía abajo. Y en la estación, a la llegada, tras una valla, he visto unos coches vetustos, unos de estos coches de pueblo, unos de estos coches en que pasean los hidalgos, unos de estos coches desteñidos, polvorientos, ruidosos, que caminan todas las tardes por una carretera exornada con dos filas de arbolillos menguados, secos.

Hot Water (Casado y con suegra. Harold Lloyd, 1924)

Hot Water (Casado y con suegra. Harold Lloyd, 1924)

Dentro, las caras de estas damas (á quienes yo tanto estimo) se pegaban á los cristales escudriñando los gestos, los movimientos, los pasos de este viajero único, extraordinario, misterioso, que venía en primera con unas botas rotas y un sombrero grasiento. Caía la tarde, los coches han partido con estrépito de tablas y de herrajes; yo he emprendido la caminata por la carretera adelante, hacia el lejano pueblo. Los coches han dado la vuelta, las caras de estas buenas señoras (Dª Juana, Dª Angustias ó Dª Consuelo), no se apartaban de los cristales. yo iba embozado en mi capa, lentamente, como un viandante cargado con el peso de mil desdichas. Los anchurosos corrales manchegos han comenzado á aparecer á un lado y á otro del camino: después han venido las casas blanqueadas, con las puertas azules; más lejos, se han mostrado los caserones con sendas y saledizas rejas rematadas en cruces. El celo se ha ido entenebreciendo; á lo lejos, por la carretera, esfumados en la penumbra del crepúsculo, marchan los coches viejos, los coches venerables, los coches fatigados. Cruzan por las calles viejas enlutadas, suena una campana, con largas vibraciones.

Éstas fueron las primeras impresiones que Azorín se llevó de Campo de Criptana y, sobre todo, de los colores de su luz, en aquel lejano crepúsculo del año de 1905, cuando se celebraba el tercer centenario de la publicación de la inmortal novela cervantina que dio vida mítica al más manchego y, a la vez universal, de los caballeros andantes, de esos que ya por aquel entonces no quedaban. Lo que sigue en el texto de Azorín es su llegada a la fonda, pero eso ya es otra historia de la que hablaremos en otra ocasión.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO

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