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Viajeros en Campo de Criptana: Azorín, el paseante nocturno (1905)

Azorín

Azorín

No desperdició ni un solo momento, ni un minuto ni un segundo, Azorín en su Ruta del Quijote. Poco tiempo estuvo en Campo de Criptana, parece que tres días, ¡pero dieron para tanto! No voy a repetir lo ya dicho sobre su estancia en este pueblo, ni cómo supo reconocer en él la más pura esencia de La Mancha, ese, aún por entonces, mítico e imposible lugar que ya era una parte fundamental de la conciencia literaria y artística mundial.

Azorín llegó a Campo de Criptana, respiró el aire de Criptana y buscó la fonda. Llegó por la tarde, se

Café nocturno (Vincent Van Gogh, 1888)

Café nocturno (Vincent Van Gogh, 1888)

acomodó en la habitación que le dieron, “la de dentro”, que “está bien dentro”, leyó un poco de la novela inmortal que le había traído a estas tierras, y luego paseó el pueblo y recorrió sus calles, cuando más grato es este ejercicio de meditación, al anochecer.

Todo lo que tenía que decir Azorín sobre Campo de Criptana lo dijo en el artículo titulado “Los molinos de viento”, un capítulo de su Ruta del Quijote, que publicó en el periódico El Imparcial, año XXXIX, núm. 13.643, del martes 21 de marzo de 1905. Y también de este artículo, cantera inagotable, tomo la historia de hoy, en la que Azorín nos describe cómo fue su nocturno criptanense.

Cuando he cenado he salido un rato por las calles; una luna suave bañaba las fachadas blancas y ponía sombras dentelleadas de los aleros en medio del arroyo; destacaban confusos, misteriosos, los anchos balcones viejos, los escudos, las rejas coronadas de ramajes y filigranas, las recias puertas con clavos y llamadores formidables. Hay un placer íntimo, profundo, en ir recorriendo un pueblo desconocido entre las sombras; las puertas, los balcones, los esquinazos, los ábsides de las iglesias, las torres, las ventanas iluminadas, los ruidos de los pasos lejanos, los ladridos plañideros de los perros, las lamparillas de los retablos… todo nos va sugestionando poco á poco, enervándonos, desatando nuestra fantasía, haciéndonos correr por las regiones del ensueño…

Los molinitos de Criptana andan y andan.

After hours (Jo, qué noche. Martin Scorsese, 1985)

After hours (Jo, qué noche. Martin Scorsese, 1985)

Así era Campo de Criptana, una noche de 1905, vista e inmortalizada por Azorín. Ya ha cambiado mucho Criptana; en un siglo cambian mucho las cosas. Ya no es blanco Criptana, ya no tiene ese duende de aquellas noches tranquilas de luna llena. Ya no está aquella fonda, y no sé qué será ahora de aquellos viajeros que vengan tras las huellas de Don Quijote. Ya no hay fonda por la que preguntar ni una habitacion de dentro, muy adentro. Ya no están las mozas de la fonda, Tránsito, Sacramento, María Jesús; ya no conducen al viajero cansado a esa habitación del fondo, de gruesos muros y ventanuco manchego. Quedan pocas rejas coronadas en Criptana, quedan pocos escudos y, ¡lástima!, muchos están donde no debieran estar. Ya no es el mismo que entonces Campo de Criptana, pero por siempre nos acordaremos de aquel escritor que una tarde de marzo, hace más de cien años, aunque parece que fue ayer, se bajó del tren en la estación de un pueblo manchego, y enfiló el camino hacia su blancura encalada, y vino a Criptana como quien peregrina a un lugar sagrado y sintió que pisaba el mismo suelo que holló el Caballero de la Triste Figura siglos antes. Y ese viajero fue Azorín

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO

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