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Un té con los beduinos

 Llegamos 30 minutos antes de que el recorrido por Petra de noche diera inicio. “¡Yala, yala!” (¡Vamos, vamos!), dice el policía en la puerta de entrada de la Ciudad de piedra, invitándonos a pasar, ganando así una ventaja considerable a los demás visitantes.

Comenzamos a bajar la voz, como si nuestro primer acercamiento con este legendario lugar se estuviera anunciando con tal fuerza que reclamara nuestro silencio.

No fuimos conscientes de la suerte que tuvimos al descubrir este sitio en plena soledad hasta que nos encontramos en el Siq, un impresionante desfiladero natural de 1.5 kilómetros de longitud, creado hace millones de años por la erosión del agua del río que solía correr por aquí.

Caminamos a través del serpenteo natural del Siq, el magnético camino de entrada a la antigua ciudad de Petra delimitado por paredes de roca que alcanzan hasta los 180 metros de alto.

Si no fuera por la Luna en cuarto creciente y la tenue luz de las velas, estaríamos rodeados de una oscuridad absoluta. Pequeñas flamas dirigen nuestros pasos, que resuenan sobre el camino de piedras sueltas.

En medio de la penumbra, un leve resplandor anuncia que llegamos al Khazneh o Tesoro. Decenas de velitas se encienden a los pies de este monumento de 40 metros de altura tallado en roca, con columnas de inspiración helenística, construido, según los estudios arqueológicos, en el siglo I a.C. por los nabateos.

Aunque fue una tumba dedicada a la realeza, le llaman Tesoro por una creencia de los beduinos: la magnífica construcción resguardaba un tesoro faraónico.  

Envuelto en esa oscuridad, el rincón protagónico de Petra nos anuncia que no necesita siquiera la luz del sol para exhibir su encanto tantas veces alabado, incluso con títulos como el de Patrimonio Mundial por la UNESCO, desde 1985, y Maravilla del mundo moderno, desde 2007.

Nos sentamos frente a lo que tiene que ser una de las postales más famosas en los álbumes de los viajeros, cuando un beduino comienza a tocar la flauta. La música resuena en cada piedra.

Así termina el espectáculo de noche, sin más pretensiones, sin luces ni micrófonos. Petra es el espectáculo en sí mismo, las mil 800 velitas esparcidas desde la entrada hasta el Tesoro sólo iluminan lo que ya resplandece por naturaleza propia.

Bajo la luz del Sol

A primera hora del día, las montañas del Siq se colorean de rosa pálido. Las tiendas de los beduinos todavía están cerradas y apenas se ven algunos camellos comenzando a caminar con su pesada cadencia.

Caminamos sabiendo que este año, la experiencia en Petra también es una celebración: se cumplen 200 años del redescubrimiento de la que hasta hace dos siglos era conocida como la “Ciudad Perdida”.

A pesar de ser un enclave importante por su antigüedad, después del siglo 14 d.C., Petra cayó en el olvido, convirtiéndose en un lugar totalmente desconocido para el mundo occidental y en un rincón reservado sólo para los beduinos.

Fue hasta 1812 que Johann Ludwig Burckhard, un explorador suizo convertido al Islam, fingiendo ser un árabe que necesitaba hacer un sacrificio en la tumba de Aarón, burló la vigilancia para aventurarse a descubrir aquellas ruinas de las que tanto se hablaba en secreto.

Este suceso marcó el redescubrimiento de Petra, creada por el pueblo nómada de los nabateos entre los siglos 5 y 6 a.C. y ocupada posteriormente por los romanos, hasta el declive de su imperio.

Hoy es un sitio imperdible que acoge alrededor de 500 tumbas antiguas enclavadas en las montañas, algunas de ellas bellamente labradas. Debe ser recorrido a paso lento, con los ojos muy abiertos y la consigna de que aquí, nadie más que el encanto de la ciudad decide los pasos de sus visitantes. Lo supimos camino al Monasterio.

 Si nuestra idea era descubrir los vestigios en grupo, siguiendo un itinerario que incluyera los principales atractivos de la ciudad, Petra nos recordó que estábamos a su merced. En menos de una hora, cada uno había tomado un camino distinto y en plena soledad.

Al reencontrarnos por la noche, 12 horas después de habernos separado, nuestras miradas revelaban que habíamos sido envueltos por la mística de Petra.

Hubo quien cabalgó en burro por las montañas, acompañado de un beduino que terminó por invitarlo a conocer su casa; otro vio el atardecer dentro de una cueva, mientras le eran revelados los misterios del estilo de vida contemporáneo de los beduinos.

Quienes nos alejamos sólo unos pasos del corredor turístico, caminamos durante horas entre gigantescas montañas que, por la tarde, se tornaron rojas y llegamos a miradores que nos robaron el aliento, tuvimos la suerte de tomar un té con un beduino, mirarlo a los ojos y recibir, sin palabras, el hechizo de su ciudad de piedra.

   

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