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Te conozco desde adentro

Allá por los años cuando estudiaba inglés, siempre se me perdía la mirada en un cuadro que colgaba en la pared del salón de clases. En él se veían estudiantes sentados al pie del río Cam, en la ciudad de Cambridge. Mientras preparaba el examen internacional certificado por esta prestigiosa universidad, las horas se me desconcentraban con fantasías en las que era yo la que leía al sol en alguno de los parques que rodean los edificios universitarios de ésta y de la otra ciudad de estudiantes: Oxford. Me acompañaba siempre alguna mochila con libros y no mucho más. Nunca me vi cargando pesadas valijas llenas de souvenirs. Al oscurecer regresaba a casa.

No puedo afirmar que todas mis horas de inglés se debieran al inamovible objetivo de residir un día en el Reino Unido; demasiado inconstante fui, demasiado irregulares fueron algunos años en los que se me perdía el rumbo. La idea era venir a Europa, la idea era vivir en otro país que no fuera el mío. Pero siempre el inglés ocupó un lugar importante en mi vida, tanto que decidí que fuera mi profesión; primero dando clases alentada y apuntalada por mi teacher, luego estudiando traductorado público. Y no es muy difícil deducir que, para quien dedica tanto a un idioma, el mayor logro sería insertarse en la sociedad donde se forjó dicho idioma. En un momento se barajó la posibilidad de Irlanda, otrora tan próspera y atractiva, pero varios factores se combinaron para que Inglaterra fuera la mejor opción.

Una vez que estuvimos instalados en nuestro propio lugar, y que yo tenía mi contrato firmado para empezar a trabajar, pudimos comenzar a disfrutar de conocer de a poco esta diversa nación. Dejando de lado Londres, la vibrante ciudad alternativa de Brighton y las breves visitas a los pueblos donde tuve mis entrevistas laborales, mi primer viaje “como corresponde” fue a Oxford y Cambridge. En London Victoria tomamos el Oxfordtube y después de llenarlos los ojos de campos infinitos, llegamos a la primera ciudad universitaria. Allí visitamos un castillo, le dejamos nuestros respetos a Tolkien en su tumba y cenamos en el pub donde el escritor se reunía con sus colegas- los Inklings- a discutir sobre literatura. En Cambridge seguimos maravillándonos con la arquitectura, nos adentramos en cada callejón, admiramos extasiados el Reloj Corpus (tal vez el reloj más extraño del mundo).

Un día, luego de terminar nuestro picnic improvisado, me embargó una sensación que después se transformaría en algo más, en esa herramienta que me ayudaría a desarrollar un hábito: entendí que estaba viviendo un país, que no estaba de visita, y que podría seguir empapándome de toda esa cultura cuando y como quisiera. No tenía que apurarme; estaba a un autobús de distancia de esa tienda de plumas y tinteros que el domingo habíamos encontrado cerrada. Me declaré viajera; nunca sería turista. La diferencia no es sutil y este viaje fue una puerta que se abrió para permitirme saborear esta nueva cualidad. Reconozco que ésta no fue la primera, tal vez la primera puerta fueran los viajes a Buenos Aires. Sin embargo, sí fue la primera vez que vi todo con tanta nitidez. Tenía tiempo de sobra para pensar mientras dormitaba tendida a la sombra de esos árboles que durante tanto tiempo fueron sueño.  

Esto es lo que buscamos muchos emigrantes y no es tan fácil de explicar. Nuestras metas no se pueden definir con la típica frase “en busca de una mejor vida” porque no lo es; no es ni mejor ni peor. O tal vez en cierto sentido, para nosotros lo sea. Para mí es simplemente Vida. Es la que siempre anhelé y, aunque tal vez algún día no sienta lo mismo, ahora no puedo imaginar otra. Somos viajeros eternos y como tales hacemos base en un punto estratégico que nos permite ir descubriendo mundos. Absorbemos costumbres; tartamudeamos palabras en el idioma del lugar; iniciamos conversaciones con el mozo, la cajera y el librero; inventamos itinerarios de acuerdo a nuestros intereses y los llevamos a cabo con la holgura del que sabe que puede volver, no porque sobre el dinero, sino porque reconoce que los viajes son una prioridad, muy por encima de un par de zapatos nuevos o del último celular. El viajero puede pensar en su próximo destino aun cuando está viajando, porque de esos momentos surgen ideas, recomendaciones de otros viajeros, y todavía más ganas de seguir el recorrido.

Dentro de los emigrantes estamos los peregrinos constantes. No sé si habremos muchos; me gustaría que esa fuera una de las tantas cosas a descubrir en estos años de peregrinaje. Quizá una de las razones de este blog sea el deseo creciente de encontrar más espíritus afines; de esos a los que no les han sabido crecer las raíces, aquellos que prefieren tener la libertad de empacar unas pocas valijas y hacer campamento en un nuevo país, los que también han recibido el cruel apelativo de “fríos” por separarse de sus familias. Me haría tanto bien saber si a ellos también les duele esa palabra pronunciada con tanta ligereza; ese concepto equivocado de que uno tiene el corazón entero. Un emigrante peregrino nunca tendrá el corazón entero: esté donde esté su corazón va a sangrar.

Quisiera encontrar más peregrinos en cada comunidad, en cada texto. Descubrir personas que aprecien como yo esta vida de cambios, de deliciosa incertidumbre y de primeros pasos. ¿Sabré encontrar a quienes valoren hasta la felicidad la posibilidad de conocer un país desde adentro? Hecha la pregunta, el tiempo responderá.        

Dedicado a María Lía, mi teacher.  

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