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Secretos del subsuelo

Ausente. Caótico. Vivo. Tres ciudades ( Berlín, Roma y París) y tres puntos de vista sobre una mismo medio: el metro. Una realidad dura y hostil a la que, a pesar de todos sus defectos, uno se habitúa poco a poco. Desde la desesperación inicial, pasando por los desencuentros puntuales, el pasajero aprende a convivir pacíficamente con él, con la convicción y seguridad que su vida, en cualquiera de estas tres capitales, sería imposible sin su presencia.

El metro de nuestra historia realiza una parada Berlín para analizar a sus pasajeros ausentes, continúa su recorrido por las caóticas estaciones de Roma, donde descubre que la esencia de la ciudad es el reflejo mismo de su vida subterránea, y llega a finalmente a su destino, París, para aprender una lección fundamental: “en el metro, como en la vida, cuando una puerta se abre, hay que lanzarse dentro”.

Los viajeros ausentes de Berlín

En Berlín es posible ir en un vagón bajo tierra y no estar en el metro. Dentro del U-Bahn puedes ver caer la nieve a tres metros de altura del suelo, mientras que en el S-Bahn se corta la música de la radio por la cantidad de cemento que hay entre tus auriculares y la superficie. Y aun así el primero es el metro y el segundo, el tren ciudadano de alta velocidad, o tren rápido de la ciudad, o algo parecido, qué más dará. La cuestión es que esta estúpida diferenciación onomástica solo responde a intereses empresariales, privatizadores y económicos, es decir, a nada atractivo. En cambio, los dos poseen la misma esencia del transporte metropolitano berlinés: el viajero ausente.

Los viajeros ausentes no abundan. Prácticamente no existen. Ese que va leyendo a tu lado cada mañana en realidad está más pendiente de ti que tú mismo. Ese otro con la mirada fija en la ventanilla, no deja de preguntarse por qué la morena de ojos azules de enfrente no le mira. Incluso tú, con tus auriculares a toda pastilla, no puedes evitar pensar en lo mal que huele el cincuentón de pelo grasiento o el bolso gigante de la señora de gafas.

Berlin

S-Bahn, Tiergarten. Berlín

En el metro de Berlín el viajero ausente sí abunda. Pocos se fijan en lo que pasa tres centrímetros más allá de su frente y la mayoría es incapaz de traspasar la pequeña burbuja de uno mismo. Ni una mirada a quien está sentado cara a cara con ellos, ni un movimiento. Qué decir de una sonrisa. Al principio piensas que es mala educación, pero no, simplemente es que el miedo, el cansancio y la seducción que provoca esta ciudad son suficientes para los que se mueven por ella. Dos ejemplos del viajero ausente berlinés:

- Un hombre de unos 60 años con el periódico abierto de par en par, un asiento libre a su lado y la mala suerte de cruzarse con un torpe que le desparrama por el suelo el diario con su mochila. El viajero ni se digna a mirar al extranjero impertinente, recoge las páginas, las ordena como puede y vuelve a su artículo de opinión.

- De cuclillas y apoyado sobre la puerta, un chaval de 18 años, no más, con gorro verde oscuro y chaquetón con plumas en la capucha, apura hasta el máximo cada uno de los espacios de su pequeña libreta. Nada le importa, solo escribe y escribe, con la cabeza muy cerca de las letras, demasiado rápido como para redactar algo con sentido. A su lado, una chica borracha, con una cerveza en la mano y la falda demasiado subida, se le acerca exageradamente para ver qué escribe. Él ni siquiera es capaz de sentir la ofensa y continúa con su antirelato.

- Unos 45 años, pelo rapado por un costado y por el otro unas largas, rosas y amarillas rastas. Maquillaje exagerado y corrido, mirada vacía, muy probablemente drogada. Se sienta frente a la ventanilla y comienza a mirar su reflejo. Clava la vista en sus propios ojos, como intentando reconocerse. Cuando parece hacerlo, rompe a llorar, amargamente, pero sin gritos ni jadeos. También su tristeza está ausente. Cuando el S-Bahn empieza a reducir la velocidad para detenerse en Neuköln, el hombre que está sentado a su derecha le pasa el brazo por el hombro y le obliga a levantarse. Ella se deja hacer, pero no le devuelve la mirada al marido, novio, o amante, y sigue buscando su propia mirada en el cristal hasta que sale del vagón.

El metro de Roma: el reflejo de su propia esencia

El metro es percibido por muchos como un espacio de historias superpuestas. Un amalgama de retales cinematográficos en el que la vida, más allá del ajetreo matutino en busca de puntualidad, fluye en sus pasillos a un compás diferente de del resto del mundo. Tranquilo, relajado, sublime. El metro es al mismo tiempo escenario de jóvenes promesas por descubrir. Un lugar de peregrinaje subterráneo al que sus fieles  acuden diariamente  en busca de una cierta evasión terrenal.

Sin embargo, más allá de esa construcción abstracta idealizada, el metro es en Roma un lugar hostil. Un medio al que miles de pasajeros deben de enfrentarse diariamente a través de dos únicas e inconexas líneas que unen una ciudad con más de 3,8 millones de habitantes. En Roma, uno aprende rápido, que, si quiere sobrevivir a ella, son necesarias ciertas dosis de calma, de sosiego.  Ningún  desdeñado vagón lleva a donde realmente se quiere ir. Ningún metro llega a la hora que dice llegar.

Roma

El metro de la Ciudad Eterna es el reflejo mismo de su propia esencia: viejo, cansado, inconexo, caótico. El ajetreo de la vida cotidiana fluye entre estaciones poco cuidadas, mientras un reloj marca diariamente la hora que nunca se alcanzará a tiempo. A pesar de ello, uno se acostumbra a vivir con el ritmo desacompasado de la ciudad que un día fue Caput Mundi, intentando retener la belleza que la rodea y que la convierte al mismo tiempo en majestuosa.

A pesar de su achacable falta de eficencia, uno aprende fácilmente a desenvolverse en él con la certeza y el placer de saber que solo la capital italiana es capaz de ofrecer un viaje diario por los cimientos del Imperio Romano por tan solo 1,50 euros. Quédense con ello.

Música y encuentros en las profundidades de París

Bajo las majestuosas calles de París yacen dos ciudades subterráneas. Una representa la calma y el silencio de una época pasada. La otra, la efervescencia y las prisas de la vida. Las catacumbas, el célebre antiguo depósito de huesos donde yacen los restos de alrededor de 6 millones de ciudadanos, y el metro, en el que se calculan que suben diariamente unos 4 millones de personas vivas, parecen tener solo una cosa en común: la profundidad.

El metro parisino es además -a diferencia de nuevo de las catacumbas- un gran lugar de encuentros. Tanto, que existe una web para aquellos que todavía creen que cualquier sitio es bueno para descubrir a su media naranja. Aunque antes de sumergirse en ella, no estaría de más que los románticos dedicaran 5 minutos a este corto donde los hermanos Coen desmontan algunos tópicos para contruir otros.

Paris

Arts et Metiers. Paris

Las continuas obras, los retrasos, la suciedad y el mal olor –probable origen de la muy castiza expresión “París huele a pis”-  son los otros grandes rasgos de este transporte público que los ciudadanos aman y odian a partes iguales. Ya en los 50 Gainsbourg plasmó en su canción “Le poinçonneur des Lilas” el desasosiego de un revisor que pasaba el día agujereando los billetes de los pasajeros. Esta profesión desapareció con los años, aunque probablemente no el sentimiento. ¿Porque cómo si no deben sentirse aquellos que diariamente recorren los estrechos trenes inundándolos de música para intentar ganar un poco de dinero? Deben de haber pocos públicos menos agradecidos que los viajeros del metro de París. Y lo mismo pensarán los ya tradicionales personajes que irrumpen a voz en grito pidiendo dinero para comer o dormir frente a un vagón de cabezas agachadas y expresiones inertes. Sólo que ante estos, ya ni siquiera los turistas sonríen.

Críticas aparte, lo cierto es que desde que durante la Exposición Universal de 1900 se inaugurase la primera línea, el metro se ha extendido a lo largo de 218 kilómetros de recorrido, repartidos entre 16 líneas y 302 estaciones. Un inmenso y denso tejido que conecta cada recoveco de la ciudad de tal forma que según cuentan algunas guías, no hay punto sitio en París intramuros que esté a más de 500 metros de una estación de metro. Otra cosa es que sea la que te conviene. Sin embargo, da lo mismo, porque si hay algo que se aprende en París es que en el metro, como en la vida, cuando una puerta se abre, hay que lanzarse dentro.

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