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Posadas de Campo de Criptana: El testimonio de Augusto Floriano Jaccaci (1890)

L'auberge rouge (El albergue rojo. Gérard Krawczyck, 2007)

L’auberge rouge (El albergue rojo. Gérard Krawczyck, 2007)

Es inagotable como fuente de información sobre el pasado de Campo de Criptana el libro de viajes que Augusto Floriano Jaccaci escribió tras su ruta por La Mancha emulando las aventuras del Caballero de la Triste Figura, aquel lejano año de 1890. Ya me he referido en otras ocasiones a este interesante libro, cuya versión original se publicó en Nueva York, en el año 1896, con el título On the Trail of Don Quixote, Being a Record of Rambles in the Ancient Province of La Mancha, y a su traducción española, que con el título El camino de Don Quijote. Por tierras de La Mancha, publicó en 1915 Ramón Jaén.

Jamaica Inn (La  Posada de Jamaica. Alfred Hitchcock, 1939)

Jamaica Inn (La Posada de Jamaica. Alfred Hitchcock, 1939)

Imaginemos por un momento cómo eran viajes de este tipo en aquella época, sin medios de comunicación adecuados, sin una buena red de carreteras y, sobre todo, con una carencia casi total de alojamientos adecuados en lugares que no estaban demasiado acostumbrados a recibir a viajeros. Por supuesto, había posadas en todos los pueblos, y sobre las de Campo de Criptana tenemos algunas noticias en los escritos de Floriano Jaccaci y también, de gran interés, en los artículos que publicó Azorín con motivo de su ruta del Quijote en 1905 para conmemorar la celebración del tercer centenario de la publicación de esta inmortal novela. Otra cosa es que estas posadas pudiesen satisfacer los requisitos en cuanto a comodidad y confort a los que algunos de aquellos viajeros estaban acostumbrados en sus lugares de origen.

Cómo era la posada que sirvió de alojamiento a Jaccaci en Campo de Criptana, nos lo cuenta él mismo en la págs. 135-137 de su libro de viajes (según la traducción española de Jaén):

Este pueblo parece siempre adormecido, con sus calles anchas desiertas. Sólo Quevedo, el gran maestro de la España picaresca, podría pintar algunos tipos de los hallados por nosotros en la posada de esta villa: unos hombres silenciosos, tocada su cabeza con un obscuro pañuelo e indolentemente recostados en las jambas de la puerta del parador; el ama y el amo, dos tipos graves más anchos que altos; los mendigos y vagabundos… los arrieros… El interior de la posada, el porche, el comedor, la cocina o lo que fuera, pues de todo tenía y no era nada, no es posible describirlo. Entramos en él pasando por entre los cuerpos de carreteros, ganaderos, traficantes, tendidos a la larga, durmiendo a pierna suelta. En las paredes, colgando de las estacas, había aparejos, ropas, sombreros, aperos de labranza; en los rincones, sacos con granos, bultos, pellejos de vino, capazos con herramientas, guardado todo por el perro de cada cual, que rezongaba al acercarse alguien. Este interior estaba a media luz. Paredañas a la cocina estaban las cuadras. En una había mulas; en la otra, cerdos. Éstos chillaban de un modo estridente, desaforado; las mulas pateaban de tiempo en tiempo, espantándose las moscas; los gatos, flacos, maullaban lastimeramente. Una mula salió escapada de la cuadra, y el arriero detrás, dando voces; pero ninguno de los que dormían dió señales de vida; los ronquidos siguieron siendo tan sonoros como siempre. Esta gente sólo se despierta cuando debe volver a emprender el trabajo. A la hora exacta, de repente, se levanta, bebe un trago de agua, y, en seguida, detrás de las bestias, bajo un sol de fuego, a arar la tierra o a segar las mieses.

Continúa Jaccaci diciendo que a las tres de la tarde emprendieron la marcha hacia un nuevo destino cervantino y que, por un bello camino, llegaron a un descampado encontrándose de frente con el cerro del santuario de la Virgen de Criptana; y desde allí tomaron el camino de El Toboso.

El Hotel Eléctrico (Segundo de Chomón, 1908)

El Hotel Eléctrico (Segundo de Chomón, 1908)

Sobre la existencia de alojamientos en Campo de Criptana tenemos otras noticias, aunque más breves. Algunos años después de que Jaccaci pasara por Campo de Criptana, el Anuario Riera de 1901 (pág. 913) da cuenta de la existencia de una fonda propiedad de Pedro Molina y de cuatro posadas, cuyos propietarios eran Antonio Boluda, Hilario de la Guía, Joaquín Oliver y Jesús Ortiz. El viajero y el local que quisiesen tomar un bocado tenían a su disposición varias tabernas en Criptana, como la de Domingo Flores, la de Prudencio Manjavacas, la de Manuel Martín, la de Manuel Olivares y Crescenciano Angulo, y la de Rubio y Olivares. Asimismo, era posible comprar algo para leer en el camino en la librería de Jacinto de Cuadra, algo de tabaco en los estancos de este mismo Jacinto Cuadra, de Santos Flores, de Juan José Lucerón y de Teresa Valle, y remedios para cualquier mal (menos el de amores) que pudiese aquejar al viajero, en las farmacias de Bernardo Gómez, de Carlos Gómez, de Carlos Longoria y de Manuel Monterde. Y si gustase ese mismo viajero mucho del vino, no entraré en detalles porque sería asunto largo, interminable y proceloso citar toda la oferta, pero tenía el viajero a su disposición cinco fábricas de aguardientes y licores, más de cuarenta y dos cosecheros y treinta y tres lagares de vino. Y un último detalle fundamental para todo viajero. También en Criptana un dolor de pies y un zapato o alpargata rotos o que apretasen al viajero por esos caminos polvorientos de La Mancha tenían solución, porque había en el pueblo diez zapaterías, tres alpargaterías y una fábrica de hormas para calzado, propiedad esta última de Emeterio Escribano.

JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO

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