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Nómade digital

Hace un tiempo que vengo poniendo cosas de un lado y del otro de la balanza, analizando y vuelteando alrededor de algunas decisiones.
A veces trabajo los fines de semana. Días que me conecto cuando mis compañeras están tratando de llegar a la oficina, renegando con el subte y los cortes o subidas a un colectivo que puede pasarse la mañana intentando llegar al centro.
Yo tranquila me levanto a las ocho, tomo la vitamina, preparo el mate y los pasos del desayuno, plato mi computadora en la mesa y mirando a la ventana, estoy respondiendo los primeros mails a las ocho y media de la mañana.
Otros en cambio, escribo desde un tren, un bar, el piso de un hostel, un lobbie o desde mi celular.
Días en que me tomo la mañana para algo y en cambio sigo en la computadora cuando todos están de cerveza.
Pocas veces puedo tomar unos días de desconexión real o vacaciones.
De vez en cuando extraño mi casa y otras quiero salir de mi comedor e inventarme una reunión cualquiera. Voy al gimnasio a la mañana o a yoga a la tarde, un poco para levantar el culo de la silla un rato y otro para realmente darme cuenta que tengo la libertad… que puedo y que a nadie le importa.
Días y desafíos extraño al equipo, las opiniones, los puntos de vista y las imprescindibles semanas de equipo, donde me llenan de reuniones, de preguntas y de charlas, extraño la soledad para producir.
Un jefe me decía que soy demasiado productiva y ahí charlábamos de lo que te rinde el día cuando estás sacando una cosa tras otra sola, con tu música y tu computadora; también de lo mucho que él jugaría a la play, dormiría la siesta o viviría en pijama. Admito, no juego a play, no me gusta quedarme en pijama y no duermo la siesta; en cambio a veces lavo ropa, voy al super… a la feria o se me ocurre algo que limpiar.
Trabajo en pleno microcentro porteño, y disfruto de la gente, los bares, los subtes y los lindos que hay por allá. En un pueblito, y le cuento a la gente que en realidad soy nómade; en la casa de mi vieja, y corto a las dos de la tarde para irme al lago; o al otro lado del Atlántico y a veces trabajo en la cama de un hotel, con la computadora en la falda, mientras al lado mis amigas duermen para aprovechar el día de playa siguiente. Estoy en todos lados y no estoy en ninguno. Llamo, mando notas de voz, escribo, hago hangouts, skype, video llamadas. Escribo y respondo a cualquier hora.
A veces cuesta nivelar la balanza, pero la libertad siempre gana por goleada.
Vivo agradecida con quienes me ayudaron a conseguirla.
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