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Los viajes, ah, los viajes.

José Gabriel Barrenechea.
Cuentan que Immanuel Kant consiguió convencer a un inglés, de paso por Königsberg, de su conocimiento minucioso del curso del río Támesis. No obstante, lo que iba a dejar completamente pasmado al visitante fue la respuesta del filósofo a su pregunta de cuándo había pasado por última vez por Inglaterra: Kant nunca había puesto un pie en la islas británicas, y de hecho lo más que se había alejado de su Königsbergnatal, o que se alejaría en su larga vida, no pasaba de los 180 km.
El hecho de que el hombre que revolucionó el pensamiento occidental a fines del siglo XVIII hubiera pasado su vida entera en uno de los más remotos rincones de Europa, a meses de camino de los principales centros de pensamiento de la época, desmiente a las claras esas ideas generalizadas de que solo se puede aportar algo novedoso si se está en el centro del mundo, y por otra parte, si se ha viajado mucho. ¿Cómo pudo ser el principal intérprete del espíritu de una época, en que el racionalismo iluminista daba paso al romanticismo, alguien perdido en la Prusia Oriental, adonde de ese espíritu llegarían si acaso tenues y esporádicos ecos?
¿A qué traigo esto a colación?, se preguntaran. Pues a ciertas opiniones con las que he chocado en los últimos meses.
Al parecer para algunos existe algo así como un escalafón disidente, y dicha jerarquía está por sobre todo determinada por el número de veces que se ha viajado, y por la importancia de la institución invitante. O sea, mientras más se haya salido y más importante sea el anfitrión, más respetable es usted en el mundo opositor, y más disidentidad posee. Lo que parece explicar, por cierto, el por qué para algunos de mis interlocutores recientes yo no soy un disidente.
Y no es que a mí me preocupe el título, porque si con algo no comulgo es con que se me encasille, pero sí me molestan, y preocupan, los disparatados criterios que en algunos a quienes no los conocen ni sus familiares los domingos a la hora del almuerzo, llegan a hacer nacer media docena de giras internacionales.
También he recibido alguna que otra invitación, pero a la verdad, ni creo que nadie más tiene que enseñarme a hacer lo único que en definitiva trato de hacer cada día, ser yo mismo, ni creo que para aprender cómo se vota en la Argentina necesite ir a aquel país (conozco personalmente a varias docenas de argentinos pero ninguno ha leído el que fue uno de mis textos de juventud: Las Bases… de Juan Bautista Alberdi).
Si algo soy es un grano enconado en las gordas posaderas del castrismo, y eso solo puedo serlo donde está la candela: Aquí adentro.
Según Cánovas la guerra de Cuba se terminaba con dos balas: una para Maceo y otra para Gómez. A la muerte del primero muchos pensaron que el segundo debía partir al exterior, para evitar que se cumpliera la predicción del político malagueño. Mas el Viejo hizo algo muy distinto: Se fue a un potrero de Sancti Spiritus y allí pasó el año y medio de guerra que quedaba toreando a la cuarta parte del ejército español en la Isla.No había en verdad mucha espectacularidad en aquella campaña. Cuando las columnas colonialistas amenazaban su campamento en La Reforma, Gómez, con una elegante verónica se movía unas cuántas leguas más allá o más acá, para volver a su posición inicial en cuanto el enemigo debiera retornar a sus bases, agotado y enfermo por la intemperie cubana.
Lo mismo hago desde aquí, desde mi potrero encrucijadense…

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