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“Los molinos de Campo de Criptana”, de Fernando López Martín (1938)

Fernando López Martín: "Los molinos de Campo de Criptana" (1938)

Fernando López Martín: “Los molinos de Campo de Criptana” (1938). Ejemplar de la Biblioteca “Tomás Navarro Tomás” (Centro de Ciencias Humanas y Sociales, CSIC).

Camilo José Cela dice en su libro La Mancha en el corazón y en los ojos (Barcelona 1971, pág. 15), que “no es verdad que los molinos de viento no fueran los gigantones indómitos que el caballero quiso ver”. Y lo dice de los de Campo de Criptana, y de los de Mota del Cuervo. Pocos elementos del paisaje hay tan ligados a la literatura y al arte, y pocos que despiertan tanto la fantasía, como los molinos de viento…. o los gigantes de La Mancha. También ellos despertaron el arte de uno de los epígonos escritores del renacimiento castellano modernista de la literatura española, Fernando López Martín. No es este juicio el mío, sino el de Rafael Cansino Assens, que en estos términos hablaba de este escritor en su La nueva literatura, de 1917.

La Mancha y Campo de Criptana están omnipresentes en una de las obras de López Martín, que quizá figura entre las menos conocidas de este autor: Los molinos de Campo de Criptana, publicada en Madrid, en 1938. Este libro es un viaje de las sensaciones que despierta en el poeta el paisaje manchego, pero es también una herencia reelaborada de la larga tradición literaria que gira en torno a la historia inmortal de Don Quijote.

Daniel Urrabieta Vierge

Daniel Urrabieta Vierge

Acompañan al texto ilustraciones de diversas escenas de El Quijote obra de Daniel Urrabieta Vierge, del que ya hablamos en otra ocasión. Conocía muy bien el paisaje de Criptana este artista, porque estuvo en la sierra de los molinos tomando apuntes, y encontró en Criptana un motivo de inspiración idóneo para desbordar su talento en numerosos dibujos que ilustrarían una edición del Quijote.

Nos dará mucho de qué hablar este libro en el futuro. Por el momento, quiero centrarme en el capítulo que López Martín dedica a los molinos de Campo de Criptana, en las páginas 11-13. Y dice así:

Los molinos de Criptana

Ilustración del capítulo: Dibujo de Daniel Urrabieta Vierge

Ilustración del capítulo: Dibujo de Daniel Urrabieta Vierge

CAMPO de Criptana, este pueblo blanco, con blancura de sal marina, tiene ahora trece gigantes tocados con su caperuza roja, puntiagudo capuz como el de los ogros que pretendían asustar al valiente Pulgarcito cuando caminaba de noche perdido en el bosque con sus hermanos. Estos molinos son los más famosos de la Mancha porque fueron los que iniciaron el camino de aventuras de Don Quijote. Allí, contra ellos, peleó por primera vez. Y allí cayó vencido por primera vez el que, paradoja inexplicable, se hizo un hombre inmortal entre los grandes héroes a fuerza de ser vencido. Su primera triste aventura. Su bautismo de sangre. Run… Run… Run… Rezongaban los molinos de viento y en el eco de la tarde sonaba aquel rumor, mientras Quijano embrazaba la adarga, cogía las riendas y ponía en ristre la lanza, como el rodar del agua de un caudaloso río que se hubiera entrado por la tierra reseca de Castilla para fecundarla con las páginas más insignes que ha podido escribir la mano del hombre. ¡Los molinos de Criptana! ¿Os imagináis más santa reliquia? Santidad de las cosas humanas mil veces más santa que la santidad divina, porque la santidad de los tangible es como la santidad de nuestra madre, de aquella que nos dió la vida con el dolor de su carne y nos enseñó a ser hombres con las caricias de sus pobres manos deformadas y doloridas por los cuidados del hogar. ¡Los molinos de Criptana! Estos ogros ya son familiares a los niños. Los rapaces conviven con ellos. Sestean a su sombra. Buscan su arrimo como si fueran dioses tutelares. ¿Y qué sueñan estos niños a la sombra de sus dioses vernáculos? ¿Qué sueños devanan sus frentes pensativas? ¿Piensan ser Sanchos o Quijotes? Hay que saberlo, hay que saberlo, para bien de España. Ese maestro de escuela que describe infantilmente los molinos en su generosa lección cotidiana tiene que adivinarlo para que no se malogre el corazón de los niños. Hay que enseñarlos a que sean Quijotes, pero con un poquitito de Sancho. La lanza siempre en ristre, pero alguna vez que otra el refrán sentencioso que frene sin sentido nuestra locura. El alma ardiente de ensueños, pero de vez en cuando un tiento a las alforjas de Sancho para que nuestro cuerpo se fortalezca y nuestro brazo pueda defender nuestros sueños contra la risa y los golpes de los malsines. No comer mucho, porque el mucho comer nos hace el cuerpo pesado y las alas de nuestro espíritu llegan a no poder separarlo del suelo. Pero tampoco no comer nada, porque el cuerpo se ahila de no comer y acaba, de puro flaco, por no poder con la lanza. Soñar, soñar y soñar, pero siempre en la silla de nuestro Rocinante las alforjas y la bota de Sancho para sostenernos y alegrarnos un poco en el camino.

Poco más se puede decir de los molinos de Criptana, ni tampoco se puede decir nada mejor. Sólo una cosa: Campo de Criptana ya no es blanco. Aquel Campo de Criptana de antaño, que brillaba desde la lejanía entre tierras y sembrados con el resplandor de una perla bajo el sol, aquel Criptana nostálgico de quienes tuvimos la fortuna de conocerlo en su apogeo, más manchego que nunca, más cervantino que nunca, ya no existe. Sólo es un recuerdo y una añoranza de lo que fue y pudo seguir siendo… pero ya no es.

 JOSÉ MANUEL CAÑAS REÍLLO

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