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Hippies no tan hippies

Tratando de buscar lugares distintos todos los días, el viernes nos topamos con un establecimiento llamado El Paliacate.

Una típica casa san cristobalense de color naranja nos invitaba a entrar. Un montón de bicicletas esperan a sus dueños en la entrada. Lo primero que notas del lugar es su particular decoración.

Murales, fotografías, máscaras, bordados, pequeños y grandes objetos, esculturas y demás adornan este espacio cultural. La barra, que procura ocupar el menor espacio posible, es el punto de confluencia, entre los que quieren desparramarse en los diferentes sillones en las distintas salas de la casa, y los que quieren entrar el pequeño teatro que tiene el lugar.

El público del lugar, principalmente extranjero y mayoritariamente hippie (no me gustan las etiquetas pero para esta cuestión ayudan a contextualizar) se desplazan para conseguir cervezas, tés, copas de vino. Y de comer; bagguettes, pizzas y demás sencillos alimentos.

De esta manera, es imposible no compartir en esta casa, puesto que no hay puertas que separen las diferentes estancias, en la mesa de uno, hay de todo.

Y aquí es donde me quiero parar: tenía la idea de que toda la ideología de los hippies estaba basada en el amor y la paz, el compartir, que todos somos uno, y que uno deja de existir para volverse en nosotros. En las paredes del Paliacate lo dice.

Pues me pareció en un principio confuso, pero después fue muy claro. Este pensamiento ya no existe. Estos hippies de hoy ya no son tan chidos y tan buena vibra. Explico.

Cuando estábamos tomando una cerveza en una de las salas, un grupo de seis o siete hombres de rastas, sandalias y demás ropas fácilmente identificables como prendas hippies, entraron en la habitación, y se acomodaron en los lugares vacíos. Los que no cupieron se sentaron en el suelo.

Miradas de desconcierto se posaron sobre los tres alienígenas que estábamos, al parecer, interrumpiendo en el lugar. Sensaciones de despreció desprendían de sus cuerpos, y el malestar generalizado de vernos en “su bar” se asentó en la habitación.

Tratamos de sacarles plática, un chiste, algo. Pero nada.

Pareciera que los hippies nos juzgaban por nuestra apariencia. Y ¿qué no eso es contradictorio? Me pareció estúpido puesto que ellos se cuelgan la bandera de la libertad, ellos son los que aman y respetan, pero parece que eso ya no existe.

Hippies que odian todo lo que no es hippie. Menuda incoherencia.

Y en esta primera semana, me he topado con eso. Espero estar equivocado, y que lo que viví fue un caso aislado. Pero de entrada, estos pseudo-hippies, parecen estar de moda.

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