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Gente del Camino II

En China los viajeros se concentran en los hostels y en los “lugares clave”, los puntos obligados de visita. Aunque resaltando entre los chinos aparecen occidentales de variada tipología. De los que más hemos cruzado han sido españoles (se ve que a una gran parte no le pegó la crisis… porque acá son muchos los que andan dando vueltas), algunos franceses y menos angloparlantes.
En general y dependiendo del lugar, llamamos mucho la atención, y las más de las veces la gente al lado nuestro intenta entablar una conversación, la que casi siempre termina en caras de desconcierto, una foto o algunas sonrisas de cortesía.

En la estación de trenes de Lanzhou, una chica nos vio llegar y se vino rauda a practicar su inglés. Con algunas dificultades pudimos entablar cortas conversaciones, comparte con nosotros nueces y con su amiga nos invitan a comer unos riquísimos fideos tradicionales (que vienen en forma de sopa). En los trenes también se da el intercambio y alguien de por ahí aparece hablando inglés y haciendo de traductor a los espectadores que se empiezan a juntar en las cercanías de nuestros asientos… no faltó quien en la estación de trenes de Nanjing viniera corriendo a sacarse una foto de “recuerdo de haberme encontrado un occidental”. Y es que, claro, nosotros no caemos en la cuenta de ser hijos de un territorio de diferencias, pero estando aquí, donde el territorio está habitado por gente que si bien pueden tener diferencias en el rasgado de sus ojos, el tono de su piel o el largo del pelo; son todos morochos, de ojos mas o menos “achinados”, de pelos mayoritariamente lacios, preferentemente lampiños y de ojos oscuros. Entonces, la diferencia es más evidente.

Efren y Kathya
A Efren y Kathya los conocimos en Ulan Ude (Mongolia), en un hostel donde parecía que todo lo que había por hacer era conocer gente. En medio de varias conversaciones escuchamos que ellos viajaban en nuestra dirección, así que les preguntamos si nos podíamos sumar con ellos al cruce hacia Mongolia. Quedamos para el otro día bien temprano.
No sabíamos siquiera sus nombres y ya nos habíamos tomado dos colectivos juntos. Charlamos algunas cosas, compartimos la larga espera del cruce en la frontera rusa primero, mongola después. En el camino tuvimos tiempo de conocernos un poco más, saber que ella era rusa y él español, que se conocieron en Italia y que estaban de novios hacía un tiempo. Las charlas transcurren en inglés y cuando nos cansamos un poco vamos con el español.
Llegamos a Ulaanbaator entrada la noche y lloviendo, ellos se bajan primero y con el colectivo casi saliendo les damos nuestro mail.
Desde el primer momento estamos destinados a cruzarnos. Al otro día caminando sin destino por la ciudad nos los encontramos en una plaza, unas horas más tarde en otra calle. Nos reímos, hacemos bromas, seguimos camino.
Intentamos coordinar para ir al desierto juntos, pero no terminamos de arreglar. Parecía que ya no nos veríamos, ellos salieron después, nosotros más tiempo. Ellos tenían tickets a Beijing en tren, nosotros en bus… habíamos tomado unas cervezas juntos y la historia tendía a concluir allí.
Llegamos a Beijing quince días después de la última vez que los habíamos visto. Sabíamos que sería muy difícil coordinar un encuentro. Sin reservas nos aventuramos hacía un hostel. Conseguimos lugar, nos duchamos y salimos a la calle. Cruzamos la puerta y entre muchas bicicletas y gente yendo y viniendo reconocemos de espaldas a Efren!!!, parecía increíble… en una ciudad de 20 millones de habitantes, encontrarnos de casualidad. Gran alboroto y rápida organización, vamos por comida y cervezas.
Charlamos, nos contamos los últimos días. Sin plan de encontrarnos nuevamente nos despedimos hasta el rato.
Nosotros vamos a la muralla y ellos no tenían plan para el día siguiente. Dos días después, y luego de una agotadora jornada salimos de la Ciudad Prohibida entre una marea de gente que puebla toda la calle. Unos metros más allá, y de nuevo de casualidad, nos encontramos con los chicos. Parecía mentira. Sorprendidos de nuestros destinos cruzados nos sacamos una foto juntos para romper el hechizo.
Hasta ahora no los hemos vuelto a ver pero cruzamos unos mails. El próximo encuentro habrá que planificarlo…. Si no creyéramos que hay gente con la que uno tiene que cruzarse esta historia nos parecería absurda.

Bonsai de Ben. Beijing

Ben y Egon
En Beijing conocimos a Ben y Egon quienes nos hospedaron en su departamento.
Lo primero que nos sorprende al entrar son los saludos en español de nuestros huéspedes y Egon (hongkonés) hablando perfecto español.
Ben es un francés de treintaypico que hace cinco años vive en China. Trabaja para una empresa de agua y según dijeron sus amigos habla muy bien el chino. Con Ben compartimos un añorado desayuno de domingo que incluyó avena y leche caliente con azúcar negra, yogurt y una relajada charla. También nos llevó a conocer un poco de la noche de Beijing y nos presentó a un par de amigos. Saliendo del centro lleno de luces que se expandían en la neblina húmeda de la ciudad, llegamos a un hutong lleno de bares y extranjeros. Pasamos un buen rato en medio de chupitos y “papas bravas”.
El otro habitante del departamento es Egon, un chino hongkonés que es distinto que ser solamente chino, crecido en Inglaterra, pasado por un voluntariado en colombia y recién vuelto a la “madre patria” luego de un paso largo por España.
Egon habla con nosotros en un español prolijo y fluido, sin zetas. Nos cuenta que dos cosas cambiaron su forma de viajar, una moto y couchsurfing. Su próximo destino deseado es Argentina y le encantan las empanadas.
Con Egon vamos a un encuentro de couchsurfers a un lugar cerca de donde unas docenas de señoras practican varias coreografías al aire libre. Nos encontramos con su novia Rafi (francesa), sus amigos Pablo (guatemalteco) y su novia (marroquí), y otra chica israelita… comemos brochetes de pato, hongos, pollo, berenjenas, brócolis, riquísimos y muy baratos. Luego y (sin saberlo ni quererlo) la reunión derivó en la inauguración de un típico boliche, lleno de extranjeros enloquecidos por la música estridente y el tequila corriendo gratis a pedir de boca… un poco hastiados del ambiente bolicheril nos vimos volviendo en taxi a la madrugada, sin recordar bien la dirección pero con la pista de una parada de metro de referencia.
Para despedida de domingo, cocinamos empanadas con masa casera hecha por Sole que le salió especialmente bien, un budín de berenjenas asadas y pimientos que hizo Ben y un vino blanco que compartieron nuestros anfitriones. Descontado está que pasamos muy buenos momentos con ellos.

Casa de Fang

Fang
Llegando a Xi’an encontramos en nuestro CS una invitación para hospedarnos. Aceptamos gustosos y fuimos al encuentro.
Los edificios de departamentos en China están dispuestos hacia adentro, tienen patios comunales en el corazón de manzana hacia donde dan las puertas, por ello, no fue del todo fácil encontrar la entrada de la casa de Fang. Desconcertados pero seguros de estar en la zona, paramos a dos chicas que con un poco de inglés y su teléfono celular llamaron y nos indicaron la puerta. También se quedaron esperando a que Fang bajara a nuestro encuentro.
De la gran puerta lo vimos venir, vestido con remera y pantalones de basquet, unos gruesos lentes (como llevan muchos chinos), y una sonrisa alegre, nos saluda como quien te conoce de hace rato.
Fang es geólogo y trabaja en una empresa de petróleo. Vive en un lindo departamento a unos minutos del centro de Xi’an. En las paredes hay pegados motivos infantiles y en el pasillo él pintó dos motivos chinos en blanco y negro. Tiene en la sala de estudio un cactus gigante. En la puerta de entrada unos papeles rojos caligrafiados dicen “casa feliz”.
Nos cuenta que ahora su mujer y su hija se fueron a Lanzhou. Sole se da cuenta que algo pasa.
Hablamos de esto y aquello, nos lleva a comer a lugares que nunca hubiésemos encontrado y nos sentimos en su compañía como en compañía de un amigo.
Uno de los días mencionamos su buena caligrafía, entonces trae su bidón de tinta, unos papeles de práctica y un pincel e intentamos (vanamente) copiar sus trazos. Le enseñamos nuestras plumas chatas y algunos rudimentos de la caligrafía occidental con la que tiene la misma suerte que nosotros con el pincel. Disfrutamos del momento y Fang nos escribe nuestros nombres en chino, cuidando que las palabras traigan buenos significados.
Preguntamos varias cosas y costumbres y nos contesta a todo… “no hay secretos” dice. Algunas de sus respuestas tienen una sabiduría muy humilde y sana.
Luego nos cuenta que su mujer está lejos porque está embarazada de un segundo hijo… algo que en China puede traer muchos problemas.

Fang es de esas personas simples, claras, que uno empieza a extrañar minutos después de haber conocido.

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