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Encontrando el Norte. Historia, elefantes, montañas.

Nunca pensamos mucho acerca de los puntos cardinales, y sin embargo, en la vida del viajero se hace necesario retomar ese contacto con los indicios que nos hacen ubicar en el espacio. Reflexionando acerca de ello, podemos decir que empezamos a recorrer Tailandia por el Norte. En la división del mapa turístico tai tenemos Norte, Centro y Sur.

Sukhothai

Sin saber muy bien cuál es la caracterización de ese norte, nos subimos al colectivo para adentrarnos en el país. Nuestra primera parada es Sukhothai, una ciudad pequeña que tiene de atractivo ruinas del año 1250 del primer reinado tai. Después de viajar unos kilómetros en taxi compartido, llegamos al área de ruinas, alquilamos unas bicis y nos abandonamos al pedaleo. Hay algo familiar en el lugar, nos damos cuenta de la semejanza con las ruinas de San Ignacio en Misiones, por el tipo de construcción de ladrillos, por el verde brillante en contraste con la tierra colorada. Pero al contrario que en las ruinas argentinas, aquí sobresalen los Budas.

Budda y perro comiendo las ofrendas

Budas como Cristos hay muchos sobre este planeta, cada uno realizado a semejanza de la cultura que lo plasma. En estos Budas encontramos belleza en las lineas que demarcan la cara, en los cuerpos fibrosos y curvilíneos, en sus cabellos como motas, sus orejas de tamaño extra large, sobretodo en las manos y la línea curva hacia el final de los dedos. Aprendemos un poco acerca de las diferentes posturas de Buda y sus significados, nos volvemos a asombrar por esa actitud tan plena con que se lo representa.
Así pedaleando paramos de vez en cuando a la sombra de algún árbol para refugiarnos del calor y la humedad.

las manos del Budda

Buscando algo más que historia, llegamos a Lampang. La verdad la ciudad no nos dice mucho, paramos en un hostal medio decrépito y húmedo, en donde extrañamente no se habla ni una palabra en inglés. Luego de recorrer algunos templos, decidimos ir directamente a lo que nos interesa. Llegamos a la Reserva de Elefantes temprano. Entramos justo cuando una fila de más de diez elefantes de diferentes tamaños se dirigen al espacio en donde hay una especie de show. Uno de los elefantes va tocando un tambor. Es raro, pensamos, no esperábamos que los elefantes estuvieran amaestrados, sino más bien en un estado “salvaje”. Pero en la cultura tai los entrenadores de elefantes o mahut son toda una tradición y fuente de trabajo. Los elefantes hacen reverencias, ponen y sacan el sombrero, tocan tambores, xilófonos gigantes y también pintan cuadros con figuras de elefantes. Ante esto último pensamos en la delicadeza de este animal de toneladas, sosteniendo el pincel y logrando una figura que representa a un igual. Obviamente esas pinturas se venden luego del show, no hay que dejar nada suelto a la actividad libre de comercio.

Elefante comiendo

Los elefantes son animales tan exóticos para nosotros. En nuestra mente solo había registro de alguna sesión de circo local, con un elefante viejo y más que deteriorado, encadenado y siguiendo mansamente los pasos de la performance.

Pequeño y peludo elefante

Estos elefantes que vemos son el ideal de nuestro recuerdo, vitales, mueven sus trompas ávidos en busca de algo que comer, toman agua desde una manguera, lanzan gritos de vez en cuando y se bañan en la laguna con muchas ganas.

elefante y maouht

Siguiendo hacia el norte llegamos a Chiang Mai. La segunda urbe más grande de Tailandia.
La ciudad esta situada entre montañas, y es verde y caminable. Hace mucho calor como en toda Tailandia, pero acá parece que el aire es mas fresco. Nos perdemos por las callejas y los localcitos onda design, visitamos los muchos templos del lugar que dejan asomar en sus techos huellas de la arquitectura birmana, recorremos su mercado nocturno más turístico y su mercado chino, lleno de arreglos florales típicos para dar como ofrenda a Buda.

flores con hielo para que no se marchiten, en el mercado de Chiang Mai

No nos decidimos por ninguno de los paquetes de treking + rafting + elefantes + villas de aborígenes. Nos suena a que el recorrido esta más que lavado, y que es algo que “hay que hacer si uno va a Chiang Mai”. Como no nos gustan las cosas que Hay que Hacer, decidimos no hacerlo.

templo en Chiang Mai

Por la recomendación de una viajera, decidimos ir a Pai. El camino sube entre las montañas y la combi se mueve ágil y rápida entre curva y contracurva. Los pasajeros nos bamboleamos al ritmo continuo, al llegar finalmente parece que hubiéramos desembarcado de un largo viaje en barco y el horizonte se niega a quedarse estático. Pai es un pueblo pequeño, tipo serrano cordobés, con locales de chucherías de diseño y un ambiente hippie súper relajado. Por todo eso Pai nos gusta muchísimo. Fuera de lo esperado el segundo día nos subimos a una mini-van con tailandeses, y nos dedicamos a conocer las cercanías del lugar. Arrancamos muy temprano, cinco de la mañana alguien toca la puerta de nuestro bungalow para despertarnos. La primera vista es una de las más emocionantes, las montañas desde arriba cubiertas por las nubes espesas y estancadas, teñidas de un azul que pronto muta a un color más cercano al amanecer.

cerca de Pai

El día transcurre entre montañas y río, estupas, aldeas de cartón montadas para turistas. Una de las visitas es a un mercado de mujeres de cuello largo, así es como la industria del turismo ha simplificado toda la herencia del pueblo karen. Entre las mesas del pequeño mercado los turistas andamos tratando de disimular un poco la mirada, pero al final es un esfuerzo vano, hay un contrato implícito: si compramos algo podemos sacar fotos y así lo hacemos.

mujer Karen

Bajando hacia el Sur, en un punto en donde todavía por unos kilómetros podemos decir que estamos en el Norte, la ciudad de Ayuthaya nos recibe con más ruinas que conocer. Pedaleando recorremos el parque histórico, el lugar se parece mucho a nuestra primera parada en Suhkothai, estamos cerrando el círculo del norte de Tailandia. En nuestro camino nos encontramos con unos cuatro elefantes con sus mahuts que se disponen a cruzar una de las calles. Una señora con una chica se bajan de un auto cercano con una bolsa de cinco kilos llena de papas y se las empiezan a dar a los elefantes. Las grandes bestias no pueden contener su voracidad y casi le arrancan las papas de las manos. Una escena que podría ser comparable a ir a tirarle tutucas a los patos en el Parque Sarmiento, siempre hay un momento en que los patos se ponen como locos y quieren más. Claro que la diferencia reside en el tamaño y el peso, si los elefantes se descontrolan…

elefantes en el camino

Nos alejamos del Norte sabiendo que los templos tai son de los más dorados, brillantes, intrincados, frescos, cuidados del sudeste asiático, que la comida es muy sabrosa e invariablemente picante, que el calor no cede ni en la montaña.

la cara de Ayuthaya

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