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En la piedra

Entramos a China con algunas recomendaciones de lugares que visitar, y entre ellos estaban Datong y Pingyao.
De Datong sabíamos que había un monasterio colgante en la montaña así que desembarcamos raudos, nos alojamos en un hotelito (aparentemente en la zona roja) y nos dispusimos para la visita.
Llegamos al lugar luego de unas combinaciones de colectivo y taxi… En un murallón de las montañas se encontraba como engarzado un pequeño monasterio que se confundía con las rocas. Lo impresionante de la construcción es la época en la que fue hecha, y lo que desde abajo se veía cercano, desde arriba evidenciaba una altura respetable.

El lugar es pequeño y angosto, apoyado en unos sostenes largos de madera, con algunos de sus cuartos cavados en la roca… poblado con cientos de turistas que se amontonaban en las ajustadas escaleras y pasillos.
Lástima que a pocos metros del monasterio una colosal estructura hidráulica hace que esta sutil obra se vea empequeñecida.

Estando en Datong también supimos de unas cuevas con unos budas… sin muchos más datos pero con el día por delante comenzamos nuevamente el cambio de colectivos aquí y allá hasta llegar. En la entrada una moderna estructura abre la visita… más allá un templo; caminos, la montaña y a lo lejos ya se ven unas cuevas en el muro.

Al entrar a los lugares una humedad fría nos aísla del tremendo calor. La luz del sol entra en los techos altos dando matices sutiles, y a un costado, un primer colosal Buda nos da la pauta de lo que será el resto.

Decenas de cuevas con esculturas directamente en la pared de la montaña. Miles y miles de budas en cada una de las cuevas, altares, pagodas interiores, etc.. Algunos conservan algún color, otros han sido oradados por los años y el clima. Todos antiquísimos restos de una devoción que llega hasta hoy.

Varios días después llegamos a Pingyao… y ahí nos dijimos “los countries no inventaron nada”. Esta ciudad contiene en su interior una de las ciudades amuralladas mejor conservadas de China (según dicen). El lugar es pequeño, caminable.

Las calles son una mezcla de la antigua arquitectura, con casas y callejas por todos lados; hermosos patios interiores, representaciones, músicos y cientos y cientos de turistas caminando, comprando, sacando fotos, carteles de led por todos lados y chucherías made in Tahiland.

Nos sentamos en un local de comida y sin querer pedimos lo que resultaron ser tres de los platos típicos del lugar… dos de los cuales no pudimos terminar. El sabor extraño y el picante extremo nos hicieron abandonar el intento.

Nos alejamos un poco del circuito turístico, una o dos cuadras, y el lugar es tranquilo y quieto. Los viejos se sientan a ver pasar, a jugar un rato a las cartas, o van y vienen en bicicleta.
Pingyao es un pueblo que tiene mucho de reconstruido y escenificado para parecer… y parece.

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