You are here: Home > Cosas de viajes > CIRCO BABYLON – Parte II: Rumbo al norte

CIRCO BABYLON – Parte II: Rumbo al norte

Anne Marie tiene 65 años y vive en un pueblito al oeste de Francia. Hace unos meses tomó la decisión de viajar otra vez. Esta vez al sureste asiático. Su hija le hizo una pequeña guía de lugares por ver, sitios para comer y pernoctar, tips, consejos y demás. Anne Marie me comentó que quería seguir paso a paso la guía, pero que no ha podido. Las circunstancias, las historias de otros viajeros y sus propios deseos la llevan a veces por caminos diferentes.

Conocimos a Anne Marie porque la agencia de viajes a la que contrato su tour-pack se equivocó, pero eso ni ella lo supo hasta pasadas 24 horas. Por la mañana estaba llena de expectación y alegría. Todos lo estábamos.

Gracias a Paul, V. y yo habíamos conseguido un tour de trekking en la montaña mucho más barato que en cualquier agencia turística. Sólo mil bahts e incluía hospedaje, transporte y comidas además de todo el rollo aventurero. Paul llegó a Chiang Mai en el mismo bus que nosotros, y cómo a nosotros, lo dejaron en una solitaria estación de gasolina, sin ninguna otra opción que un tuktuk aparcado bajo la farola. Como el idioma llama (él es chileno) nos juntamos con él y una familia de mallorquís con cara de signo de interrogacion. Tomamos el tuktuk y nos dirigimos al city center, lo que pudimos hacer entender al conductor.

Llegar a Chiang Mai sin reserva de hospedaje puede ser una aventura. Esa época (mediados de enero) es de vacaciones para tailandeses y chinos y todo está lleno. El juego consiste en refugiarse en algún sitio hasta las nueve y media (el bus te deja alrededor de las cinco), y entonces salir a preguntar guesthouse por guesthouse si hay habitaciones disponibles. Paul, uno de los mallorquíes y yo hicimos un primer rondín un poco antes de las nueve, para ir tanteando el terreno.

Mientras se tomaba un café, V. se hizo amigo de un señor que prácticamente vive en Chiang Mai unos meses al año desde hace veinte. Siempre se queda en un sitio llamado Home Place, justo detrás del McDo. Hablaron un rato y le invitó a ver su habitación para validar su opinión del hostalito. Pasadas apenas las nueve, el señor salió disparado del guesthouse y se abrio paso entre la basura y los gatos de la calle, sólo para informar a V. que se habían quedado algunas habitaciones libres. Él mismo había visto a los turistas hacer el check out. Cuando volvimos los de la brigada busca-hotel, el señor todavía comentaba la historia de su marcapasos.

Ese día turisteamos por la zona. Estuvimos en una celebración especial del templo que está en el mero centro. Entre las actividades, los tailandeses forran todo un templo y los Budas con unas mantas naranjas donde previamente escriben los nombres de los miembros de sus familias. Conseguí en Bangkok un mapa de una artista que da su propia versión ilustrada de la pequeña ciudad y además, te orienta sobre lugares interesantes: galerías de arte, talleres de reciclaje de papel, templos, etc. Fue esa primera noche que V. y yo nos despojamos de nuestro juego de Damas Chinas (ver post anterior).

A la mañana siguiente alquilamos una bicicleta. Encontramos un sitio a las orillas del río con una gran terraza. Según nos dijo un turista chino con quien conversamos, hace dos años todavía servían comida allí. Que no hubiera le había truncado los planes de compartir la experiencia con su familia esta vez. A nosotros ya nos bastaba con un cigarrillo y un ice tea with milk, tan popular en Tailandia, tan delicioso y tan intensamente color naranja.

Click to view slideshow.

La bicicleta nos llevó a comer. Hay un mercado en el centro lleno de sitios donde come la gente local. Tengo que aceptar que en esos días aún teníamos recelo de la comida callejera (aunque yo había comido en miles de sitios que no pasarían la prueba de higiene en mi país natal). Terminamos comiendo en un localito al lado del mercado, donde por 35 bahts (menos de un euro) comes dos guisos con una porción de arroz y ensalada. El agua va por cuenta de la casa, aunque nosotros siempre cargamos con agua embotellada . Los platos van de muy picante a cero picante y desde el cerdo hasta los 100% vegetarianos. Recomiendo la calabaza con huevo y espinacas. Aunque cualquier plato en cualquier restaurante de Chiang Mai viene con sello de calidad. El norte es famoso por su variada y deliciosa gastronomía. Incluso recomiendan, como parte de la experiencia, hacer un curso de cocina allí.

Tras la comida nos encontramos a Paul, el chileno. Tenía cara de frustración, y pronto descubrimos por qué. Había discutido con su compañera, un chica polaca que había conocido en Malasia y con quien ahora viajaba. A decir de Paul, el pleito había sido causado a su vez por un claro berrinche y una confusa razón. Y Paul, acostumbrado hace 11 meses a viajar con total independencia, no había aguantado más. La había dejado chillando en la habitación del hostal. Quedamos de vernos a las seis para hacer el booking del trekking. Quizá para entonces podríamos ser 4 en vez de 3.

La noche anterior, Paul y la polaca fueron a ver el Muay Thai box, deporte típico tailandés. Conocieron en la calle a un tipo que les vendió entradas a precio de risa, y lo mejor de todo es que no había sido una estafa. Paul había quedado con él a las seis para comprarle el trekking-tour. Tras una serie de preguntas que el vendedor consideró un tanto ofensivas (por qué tan barato, qué garantías nos das, donde te contactamos si algo no sale bien…), le compramos 3 pases. Lo sacamos a mitad del precio que habíamos visto. El señor, que para entonces ya había repartido tarjetas, trabajaba como freelance. Nos explicó que se saca 50 bahts por cada pack de mil que vende, mientras las agencias cobran lo mismo a 1800 o más, que es lo que había pagado Anne Marie.

El primer día del trekking consistió en visitar la granja de orquídeas y el mariposario. Flores las había por montones, unas más grandes que las otras. El sitio es simplemente bonito, con toda la dulzura que dan las los pétalos grandes de colores brillantes. V. después opinaría que es mejor verlas crecer salvajemente en la selva (las orquídeas son parásitos de ciertos árboles, nos ilustró Anne Marie), pero para entonces no habíamos visto nada similar.

Después de las flores: mariposas, Monarca, como en Michoacán, y de nuevo emprendimos la ruta.

Nos tomó unas horas llegar al destino. Cruzamos riachuelos, brincamos troncos caídos, atravesamos campos de arroz y tabaco. Cada paisaje era diferente al anterior: altos bosques de árboles blancos y delgados, espesa jungla de diferentes verdes, piedras resbalosas, tierra rojiza y arcillosa, palmeras. En un momento llegamos a un bosque de bambú. Algo caía desde lo alto y resonaba rebotando en uno y otro tronco. Hacía una melodía pausada y reverberante. Teníamos que detenernos, aunque sea con la excusa del cigarrito, los resagados del grupo: Paul, V. y yo.

Ya atardecía y el sol no daba respiro. Tras atravesar un campo de tabaco, encontramos el sendero. Pronto descubrimos un pequeño llano bajo la montaña. Ahí ya unos turistas estaban montando unos elefantes. Anne Marie, que había llegado antes que nosotros por el camino corto, miraba a las bestias con tremenda expectación. Dejamos la mochila y nos alistamos.

Paul le prometió a su padre que le enviaría una foto de él montado sobre un elefante. Me pidió el favor, pero hacer una buena foto mientras el mastodonte esquiva piedras es bastante complicado. Más porque V. iba sobre el cuello del animal y yo me balanceaba de un lado a otro del sillín. Mi deuda quedó pendiente. Detrás de nosotros, Anne Marie proferaba algún “Oh, mon dieu!” cuando el elefante se tambaleaba.

Esa noche las estrellas brillaron con toda intensidad en un cielo oscuro e impoluto. El guía hizo una fogata pero preferimos quedarnos en el comedor porque el fuego había sido rodeado por un grupo de chicas británicas y unos irlandeses que iban más del rollo borrachera. En el comedor -una larga mesa de madera bajo un techo de paja- nosotros sacamos nuestra botellita de ron y lo bebimos mezclado con Coca Cola y la historia de una pareja de suizos recién casados.

El irlandés no estaba todavía tan borracho cuando V. y yo nos fuimos al refugio. Esa noche dormimos abrazados, rodeados de una red antimosquitos. Nosotros teníamos nuestra propia historia de amor.

** Fotos de V. Bores y A. Oseguera

Tags: , , ,

  • Digg
  • Del.icio.us
  • StumbleUpon
  • Reddit
  • Twitter
  • RSS

Leave a Reply