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Auténticos extranjeros

Es otoño de 2012, hace menos de seis meses que me licencié y estoy desayunando en una cafetería (por llamarlo de alguna manera) en Changsha, China, donde he venido a trabajar.

Lo de cafetería es bastante elogioso: se trata de una especie de cobertizo hecho de lo que tiene toda la pinta de ser uralita. El suelo es el mismo suelo de la calle, una calle que, para que os hagáis idea, llamamos la Dirty Street y donde se agolpan todo tipo de puestos de comida.

Normalmente me compro unas galletas de camino al trabajo cada mañana y me las como mientras ojeo Facebook (por cuyo acceso en la República Popular de China, donde, junto con Gmail, Twitter, YouTube y, según el día, Google están restringidos, pagó unos seis euros al mes), con cuidado de ver si viene el jefe y minimizar la pantalla para que no me eche la bronca.

Pero hoy en lugar de mis rutinarias galletas he decidido unirme a mis compañeras de trabajo, dos andaluzas y una china, a desayunar en la calle, así que aquí estoy, comiéndome una especie de sopa de pollo con fideos de las que te apetecen cuando estás malito pero no tanto cuando rebosas salud, el día superará los 30 grados y tienes que currar como el esclavo precario que estás condenado a ser toda tu vida.

Unos chicos que sirven ruidosamente su sopa en la mesa de al lado no paran de mirarnos: esto aún me sorprende, pero me acostumbraré y aun lo disfrutaré (¿por qué no?). Empiezan entonces a  hablar en mandarín con nuestra compañera. Cuando la charla finaliza le preguntamos, en inglés, que qué han dicho, y ella nos contesta que le han preguntado si éramos “auténticos extranjeros”.

No amigo, está cara… son genes recesivos.

Foto: tomada por una servidora en la Ciudad Prohibida (Pekín) en julio de 2013.

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