You are here: Home > Cosas de viajes > Arena rojiza, paisaje lunar

Arena rojiza, paisaje lunar

“Despierten, dormilones”, escucho decir a Mohamed, nuestro guía jordano, después de un sueño intermitente durante el recorrido de casi dos horas hacia el sur, desde Petra hasta Wadi Rum.

Al abrir los ojos, me cuesta diferenciar el mundo onírico del desierto que rodea todo con cierto aire místico. En medio de un silencio envolvente, las dunas de arena fina y rojiza se interrumpen por laberintos de rocas; algunas rebasan los mil 800 metros de altura y presumen formas creadas por la lluvia, los terremotos y el trabajo artesanal del viento, que ha esculpido el paisaje durante milenios.

El sobrenombre de Valle de la Luna ahora me parece incuestionable. Se apodera de mí la urgencia de bajar corriendo esas dunas de arena; escalar alguna de las piedras de granito y arenisca; ver cambiar las rocas de color: de café a rosa hasta llegar a un rojo encendido, según el capricho del sol; escuchar las historias de los habitantes del desierto, los beduinos, y dormir bajo las estrellas en un campamento tradicional.

Si Petra supone un viaje al pasado, Wadi Rum tiene que ser el único lugar en el mundo donde el tiempo no existe.

 

Donde las piedras hablan

Tan sólo un primer vistazo a este sitio nombrado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2011 es suficiente para despertar al más adormilado espíritu aventurero, que encontrará inspiración con las experiencias que ofrece el Centro de Visitantes de Wadi Rum, la puerta de entrada al área protegida del desierto, que se extiende a lo largo de unos 720 kilómetros cuadrados.

En el Centro de Visitantes se organizan recorridos en camello, a bordo de vehículos todo terreno o caminatas para llevarse una probadita de la inmensidad del desierto, con todo y sitios de interés. Porque aun el desierto tiene sus rincones imperdibles, como la formación rocosa del arco natural y algunos de los 40 mil dibujos e inscripciones rupestres (muchos de ellos datan del año 12 mil a.C) que se extienden por Wadi Rum, constatando la presencia, a través de los tiempos, de civilizaciones como la de los nabateos y los árabes.

Desde aquí, aprovecho para reservar una noche en un campamento tradicional con los beduinos. Es el pretexto ideal para vivir un acercamiento a su cultura, probar sus platillos típicos, escuchar su música y ser cómplice de una noche en la que no falta el aroma del tabaco de sabores que se fuma en pipas de agua, llamadas narguile o shishas y la ceremonia del café beduino, que consiste en moler el café y servir tres tazas (una por el alma, otra por la espada y la tercera, y última, por el invitado).

Imito a mis guías beduinos y me amarro un turbante de tela a cuadros en la cabeza para protegerme del sol y de la arena, abordo una vieja camioneta 4×4, siento el aire cálido del desierto contra mi cara y guardo silencio para dejar que las piedras hablen.

Me alejo poco a poco de la enigmática piedra de Los siete pilares de la sabiduría, llamada así por el  título del último libro de Thomas Edward Lawrence, mejor conocido como Lawrence de Arabia, aquel militar, arqueólogo y escritor británico cuya historia durante la guerra de los británicos, franceses y árabes contra los turcos y alemanes resuena, a su manera, en este sitio.  

“Inmenso, solitario… Como tocado por la mano de Dios”, así describe Lawrence de Arabia al Wadi Rum; pero aunque muchos viajeros vayan tras los pasos de este legendario personaje, encontrarán que, en medio del desierto, Lawrence es sólo un fantasma, una vieja historia que atrae visitantes.

Para los jordanos, su desierto no necesita de los ecos de Lawrence para ser un rincón de gran magnetismo: cada piedra logra cautivar por sí misma.

Tags: , , ,

  • Digg
  • Del.icio.us
  • StumbleUpon
  • Reddit
  • Twitter
  • RSS

Leave a Reply