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Animales Viajeros

Quiero volar. Al sureste asiático, o mejor a África, tal vez a las vastas montañas del Kurdistán iraní, allá donde pocos llegan y la hospitalidad es algo obligatorio. Podría viajar a dedo y conocer a otras gentes, no quiero ser una turista más que sólo busca la foto o, lo que es peor, el selfie. Otra opción es irme a Estados Unidos, alquilar un coche y recorrer el país de costa a costa, ¿o es demasiado típico? Maldita sea, quiero desgastar el mundo con los ojos y no sé ni por dónde empezar. Ya está, ¿cómo no la vi venir? Es mi amiga ansiedad, que me asalta cada vez que escucho a alguien hablar del viaje que le cambió la vida o de cómo, gastando poco dinero, dio tres vueltas al planeta.

            Ya que de momento mi cuerpo no se va a mover de la silla en la que está sentado le doy una licencia a mi cerebro, que acepta encantado, como siempre. Mientras escucho una de las conferencias de las Jornadas de Grandes Viajes que se han organizado en Barcelona, pienso en cómo sería si se hubieran hecho siglos atrás. ¿Qué nos diría Heródoto a través del micrófono? Estoy segura de que se presentaría a sí mismo como un mestizo cultural, una persona con una visión diferente a la de sus contemporáneos. El haber nacido en Halicarnaso –a medio camino entre oriente y occidente­– influyó en su carácter curioso y en sus genes viajeros. Nos hablaría de Egipto y de sus habitantes, tan distintos a los griegos, y nos invitaría a comprar su obra Historia a la salida, sobre todo el libro número dos, que es el mejor.

Ibn Batutta

Ibn Battuta en Egipto. Ilustración de Léon Benett

En la misma mesita estaría también el libro Los viajes, de Ibn Battuta, otro gran referente. Aunque no explora nada más allá del mundo islámico, merecería la pena comprarlo tan sólo por las maravillosas descripciones que hace de la India y del faro de Alejandría justo antes de que desapareciera. Este osado, que escribió en mayúsculas el género de la rihla, partió hacia La Meca para realizar una peregrinación y estuvo treinta años viajando. En su charla nos animaría a hacer lo mismo, nos diría que venzamos nuestros miedos y que, si él lo ha hecho, nosotros también podemos. En el programa de las jornadas estarían otros viajeros y cronistas destacados, como Alejandro Magno o Napoleón Bonaparte, como Marco Polo o Ryszard Kapuściński. Querría ir a todas sus conferencias.

 

Mi cerebro vuelve de su permiso y se pone a hacer su trabajo, procesar la información que nos dan los viajeros actuales. Jota y Dani, del blog Marcando el Polo, están explicando sus aventuras yendo de Filipinas a Turquía haciendo autoestop. Emprendieron la marcha con la intención de estar tres meses mejorando el inglés y al final han estado siete años fuera de casa –aquí vuelvo a pensar en Battuta–. Nos hablan del contacto con otras culturas y de lo increíble que es comprenderlas y aceptarlas –aquí me viene a la mente Heródoto–. Detrás viene Cristina Xercavins, que un día salió de casa para pasar ocho meses sola en África, y antes han pasado por las jornadas grandes viajeros que recorrieron el mundo en los años 60, 70 y 80. Una retahíla de personas que han viajado por la corteza terrestre –y parte de la atmósfera– en bicicleta, en velero, o en carro. Que se ha ido sola, en pareja, con sus hijos o con sus caballos. Gente que ha estado fuera ocho meses, dos años y medio o el tiempo que haga falta.

Marcando el polo

Jota y Dani, de Marcando el Polo. Foto: Diego Fina

          Me pregunto por qué. Especulo sobre los motivos que llevan a los humanos a moverse voluntariamente de un lado a otro con un objetivo más o menos claro. Uno de esos motivos es la libertad, ¿quién no sueña con dejar el trabajo y vivir sin horarios ni obligaciones? Otro es la transformación interior, la necesidad dar un giro y tomar perspectiva respecto a quien uno es y lo que quiere. Pero el motivo principal, lo que corretea por el tuétano de nuestros huesos, es la curiosidad. Sin ella Heródoto y Battuta no nos hubieran contado nada. Sin ella Darwin no hubiera revolucionado el pensamiento científico con su libro El origen de las especies, y los primeros homínidos ni siquiera hubieran salido del valle del Rift.

       Sigo teniendo ansiedad, mi curiosidad me está retando. Me pregunta por los atardeceres en Indonesia, por la sensación de mirar a un gorila a los ojos, por el sabor del olluco peruano. Sé que no soy la única homínida, ni siquiera la única mamífera que siente esta curiosidad. No estoy sola. Somos delfines. Somos elefantes. Somos animales viajeros.

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