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¿Viajar o Visitar lugares?

paris

Conversaba el otro día con alguien, sobre lo divino que es viajar y la suerte que tienen algunas personas, de haber visitado infinidad de lugares y estar en contacto con maravillosas culturas. Pero decíamos que definitivamente no es lo mismo viajar que simplemente visitar lugares. Sé que pareciera ser lo mismo, pero les explico mi punto de vista.

Usted puede montarse en un avión y recorrer el mundo entero, para volver al mismo sitio del que salió sin haber aprendido nada. El que visita lugares irá a París, por ejemplo, y luego de visitar los sitios icónicos —la Torre Eiffel, los Campos Elíseos, el Palacio de Versalles, el Louvre, Notre Dame, Montmartre, etc…—, tomarse fotos y comerse una crepe o una sopa de cebolla, habrá dado París por visto. Probablemente vuelva, y probablemente haga mismo recorrido. El que viaja, no dudará en utilizer el subterráneo, caminar por callecitas que lo lleven a jardines escondidos o se tomará un café en uno de los muchos que hay en los tejados de la ciudad, para tener una vista espléndida y sin nada que envidiarle a la que muestra la Torre Eiffel. Ambos son válidos, no lo discuto, pero no dejan las mismas experiencias.

Quien está acostumbrado a visitar lugares, colecciona fotos y postales de esos sitios, quien viaja se nutre de las experiencias, de la cultura, de los sabores, de los colores.

Para quien visita lugares, montarse en un carro e irse un fin de semana a la playa, por ejemplo, no puede llamarse “viaje”. Para quien viaja, puede convertirse en el mejor de los planes, porque entiende que en cada sitio, en cada persona, en cada comida, está la oportunidad de aprender algo nuevo y de llenarse de la sensación maravillosa que implica ver las cosas desde otra perspectiva.

Lo maravilloso de viajar, es conocer el día a día de los sitios que visitas, sentir sus sabores, sus aromas; mezclarse con su gente, conversar con ellos, experimentar la música, el arte, la cultura de la manera en la que ellos lo ven, y esa experiencia puede ser tan variada como ciudades, pueblos o caseríos haya en el mundo, porque todo varía de un lugar a otro.

Alguien alguna vez me dijo que prefería ir a EEUU que a Europa, porque Europa era algo “viejo”. Confieso que no sé qué me sorprendió más, si la ignorancia de pensar que un país como EEUU no tenía historia, o la de considerar que la cultura del “Viejo continente” era obsoleta, pero entendí, que esta opinión la comparten —lamentablemente— muchísimas personas, que consideran que el “mundo” se limita a los malls de las ciudades más populosas y que son incapaces de disfrutar de la maravillosa gama de experiencias que existen fuera de ellos.

El viajar es capaz de abrirle las puertas a la mente —aunque el viaje no sea en un avión con un pasaporte en mano— en la medida en que estemos dispuestos y preparados a nutrirnos de la experiencia, de tal manera, que al ver luego fotos nuestras o de otros de los sitios que visitamos, seamos capaces de rememorar hasta el más mínimo detalle del lugar, de su gente, de su gastronomía, de su estilo de vida. Viajar no es meterse un puñal del sitio al que vas para luego poder contar a los demás las historias que están en los libros. Viajar es poder contar historias nuevas, desde nuestra propia perspectiva, con nuestras propias experiencias. Es tomar la foto de un atardecer y al mostrarla, recordar el sabor exacto del vino que estaba en nuestra copa, porque total, los libros e internet están llenos de fotos de los paisajes usuales, los monumentos más visitados y los más populares sitios turísticos. Viajar es recorrer calles, entrar a Iglesias, comer en un puestico de comida típica, tomar el vino joven de la casa, meter los pies en el mar, oler las flores de un parque… es una experiencia interna, que involucra todos los sentidos…

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