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¡Qué linda mi china! Tres postales

No mas atravesar migraciones de vuelta de Hong Kong unos pequeños empujoncitos, unas corridillas hacia la entrada del metro, nos dan cuenta que estamos de nuevo en la China mainland, como le dicen algunos; la China grande de la que los hongkoneses gustan diferenciarse.
Compramos nuestros boletos de coche “cama-cama” rumbo a un destino que figura en el imaginario de fantasía de los viajeros por esta zona… próxima parada: Yangshuo.

Yangshuo

Hacemos una pequeña travesía en colectivos urbanos hasta llegar a nuestro bus. En el camino charlamos con dos israelitas, Iaiel y Bror, que se saben las canciones de Casi Ángeles y bastante sobre novelas argentinas, incluyendo, por supuesto a Natalia Oreiro.
Nos ubican al fondo del colectivo que se va llenando poco a poco en una interminable salida de la ciudad. Sin saber a que hora llegaremos a nuestro destino nos entregamos al sueño.
En medio de la noche y con gestos y ademanes, nos hacen entender que llegamos a destino. Evidentemente, por la ventanilla se asoma, muy cerca nuestro, una enorme pared montañosa que se pierde en la neblina.
No más descender, somos abordados por un local que habla inglés bastante bien y nos bombardea a preguntas, ofrecimientos, etc. Buscamos nuestras mochilas tratando de despertarnos y volvemos lentamente a ver que nos dice. El precio nos parece razonable y nos vamos en moto-taxi al hotel. Claro que al llegar tenemos que negociar el precio con la moto que nos quiere cobrar exageradamente más de lo razonable, y terminamos pagando la mitad. Luego del episodio el precio de la habitación también sube unos yuanes de lo que nos habían prometido así que con unas amenazas de irnos a otro lado, tenemos nuestro cuarto al precio pactado y casi en la madrugada nos acostamos a dormir.
Unas pocas horas después, el Robert, el mismo sujeto que nos llevó hasta allí nos azota la puerta, se mete en el cuarto y empieza a ofrecernos todo tipo de tours y excursiones. “Romantic romantic” nos dice, pero nuestro cansancio y empecinamiento concluye con una frustrada negociación y el tipo se va por fin (cuarenta minutos después).

Yangshuo

Ya despiertos salimos a caminar por el pueblo y entre puestos callejeros de frutas aparecen las montañas irrumpiendo como grandes morros esparcidos por el territorio, en medio de ríos, vegetación abundante y balseros en botes de bambú… El pueblo es pequeño y bulle de turistas, botes, embarcaciones. Asomados en la vera del río cada rincón se enmarca como algo místico, enigmático mezclado con puestitos que ofrecen todo lo que uno pueda comprar.

Sole en bici por Yangshuo

Lo que se ve es mágico, extraño. Los morros se van perdiendo en una niebla azul que contrasta con los verdes cercanos. Decidimos evitar todas las opciones en paquete y a la mañana temprano del día siguiente nos alquilamos dos bicicletas (rosas y baratas) para ir a recorrer la zona.
Una lluvia matinal hace que nos refugiemos un rato que parece interminable y cuando ya no llueve, emprendemos el camino.

Seba en bici por Yangshuo

Vamos saliendo del pueblo con dirección poco certera y enseguida nos encontramos andando por un camino rural donde van apareciendo campos sembrados con lotos y arroz, animales que caminan por la ruta, algunas motos que nos pasan tranquilamente y las montañas que se suceden sin fin.

Camino cerca de Yangshuo

Andamos largo rato. Por momentos el camino desaparece para convertirse en callejuelas sin salida donde divertidos locales nos hacen señas para que retomemos la senda correcta.
A la vuelta de una curva un puente, balseros que se ofrecen a llevarnos río arriba o río abajo. Nosotros seguimos con las bicis, bordeando el río, perdiendo el rumbo, disfrutando el olor a tierra mojada, a pastos.
Llegando a un pueblo nos damos cuenta que la bici de Seba tiene una cubierta en llanta. Pero no tenemos que esperar nada hasta que una mujer también en bici nos dirija hasta un bicicletero.
Salvado el problema seguimos camino para emprender el retorno.


Andamos solos casi toda la vuelta por caminitos más angostos y metidos en los sembrados. Nos cruzamos un par de veces con niños jugando que nos corren a la voz de “hellou hellou”, viejos cuidando ganado, una pareja pescando y un escuadrón de seis o siete franceses que con sus mountain bikes nos pasan rápidamente.
Cansados luego de más de cinco horas de trayecto, paramos en un negocio a tomarnos unos jugos de mango y frutilla. Primera Postal.

Terrazas de Ping’an

Desde aquí partimos hacia Ping’an. Las terrazas de arroz en la montaña.
Cambiamos un par de veces de bus. Cada vez a uno más pequeño. El último empieza a remontar las montañas por caminos estrechos en un sin fin de curvas, hasta que arribamos a una gran puerta de entrada. Somos recibidos por mujeres con faldas negras y un extraño sombrero que nos ofrecen llevarnos las mochilas en canastas montaña arriba. Es que el pueblo aún queda a unas (cuantas) escaleras rumbo a la cima. Decidimos andar con nuestras cosas al hombro pero nos dejamos conducir por una de ellas hasta un lugar donde dormir.
Las escaleras son empinadas y parecen interminables, las mochilas están pesadas, pero todo esto no puede con la belleza del paisaje circundante del pueblo que aparece como amontonado en un rincón de la geografía, de las calles pequeñas donde todo medio de transporte son burros o sillas alzadas por dos hombres que hacen las veces de taxi.

Terrazas de Ping’an

Dejamos las cosas y casi al atardecer subimos un poco más para ver las terrazas desde arriba. Los arroces están tornándose amarillentos tiñendo la montaña en sutiles contrastes que se pierden hacia abajo. Cuesta imaginar que es el trabajo de generaciones de hombres y mujeres que, a mano, han intervenido la montaña para alimentarse pero también han construido una obra viva.

Montañas de Ping’an

Mujeres de pelo largo. Ping’an

Al día siguiente salimos temprano, y aún sintiendo en las piernas las horas de bicicleta, andamos por las montañas de poblado en poblado, durante seis horas. Hacemos el camino casi sin cruzarnos con gente. De tanto en tanto, las mujeres del lugar aparecen ofreciendo agua, postales, acompañarnos, comida o posar con su pelo suelto. Es que son famosas por el largo de sus cabelleras, que atan alrededor de su cabeza y concluyen con un enorme rodete en la frente. Sin perder la amabilidad nos negamos a ese gesto que las despoja tanto a cambio de un par de yuanes.
Segunda postal.

Terrazas de arroz de Yuangyuan

Volviendo y ya casi de salida de China pasamos por otras terrazas de arroz cerca de las fronteras de Laos y Vietnam. Esta vez el camino era menos turístico. Nadie nos esperaba en la puerta del pueblo así que bajamos caminando en medio de búfalos, gallinas, algunos locales que nos miraban pasar sin interés y un par de chanchos negros y muy feos que mastican algo. Un poco perdidos en el pequeño poblado fuimos hallados por Jacky, el dueño de la hospedería donde nos alojaríamos. El lugar es hermoso, con una terraza hacia los arrozales y la agradable compañía de los padres de él que sonríen todo el tiempo.

Mercado cerca de yuangyuan

Estas terrazas son irregulares, grandes y algunas están llenas de agua. Aquí y allí se ve gente juntando el arroz, transportando cosas en sus espaldas, limpiando las paredes de las terrazas, niños en grupos nos ignoran prudentemente.
Andamos con Jacky (que nos cuenta su particular historia de vida acompañando a un fotógrafo francés durante cuatro años) hasta el mercado de domingo. Nos quedamos “atascados en el tráfico” de entrada así que nos adelantamos caminando. Cruzando el puente gente en moto, autos, bicicletas… cargan todo lo que uno puede imaginar, desde frutas a pequeños puercos, a un costado búfalos a la venta, patos, gallinas, pollitos, y todo lo que pueda ser necesario para la vida cotidiana.

Mercado cerca de Yuangyuan

Caminamos mientras vemos las costumbres locales. Aquí unos hombres prueban tabacos dulces y coloridos metiendo casi toda la cara en una enorme pipa de bambú, allí algunos se afeitan mientras otros se hacen cortar el pelo en los más estrambóticos estilos imaginables, un poco más allá mujeres con sus trajes típicos compran, venden, comen, cargan. La reunión de todas las minorías del rededor aporta un colorido y variedad de trajes que nos mantiene asombrados.

Mercado cerca de Yuangyuan

Salimos del mercado para recorrer el camino de vuelta. Todo el rato las montañas aparecen trabajadas, intervenidas por los sembrados por kilómetros y kilómetros. El paisaje se corta sólo por momentos por plantaciones de bananas.

Mercado cerca de Yuangyuan

Nos detenemos en los paradores para asombrarnos cada vez con la magnitud del lugar. Y ante lo imponente el paisaje aparece como deshabitado, vacío, pero basta detener la mirada unos minutos para empezar a ver un búfalo ablandando la tierra en un espejo de agua, dos trabajadores sacudiendo las parvas de arroz, unas mujeres segando unas matas, otros subiendo y bajando sin cesar. Y así de pronto el lugar se torna vivo, y así volvemos a pensar en la construcción permanente que durante 1300 años los habitantes del lugar han hecho de la montaña.
Esa noche es fiesta en China. Todos los que están lejos vuelven a su casa y nosotros compartimos una mesa redonda con la familia de Jacky, entre platos deliciosos y un final con postre de frutas y tortas de luna. Tercera postal.

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